miércoles, 19 de agosto de 2015

Gracia



El gascón abrió los ojos con bastante dificultad, se sentía cansado, el cuerpo le dolía y sentía que había dormido por días. 

La habitación se le movía con mucha lentitud por lo que decidió cerrar los ojos y una vez para abrirlos unos segundos después, giró la cabeza y vio que el conde de La Fere se encontraba en la cama de al lado. El mosquetero se sintió más tranquilo, podía respirar más relajado al ver a su mejor amigo allí con él.

- El diablo siempre viene por ti y no logra más que hacerte un rasguño - dijo D'artagnan sonriéndose de costado con la fuerza que tenía

- Será que no es mi hora - Athos se acomodó en el borde la cama - en cambio a ti siempre te da en el hombro.


- Prefiero un puñal de Lady de Winter que un disparo de un loco - murmuro el mosquetero pasando su mano por la herida que aún le ardía – Ya perdí la cuenta de cuantas balas me han atravesado el cuerpo. 

Las puertas se abrieron de par en par con un señor de Du-Vallon muy contento, la sonrisa que estaba formada en sus labios era radiante y como no podía ser de otra manera estaba con una botella de vino en las manos.

- Ustedes dos se han llevado todos los laureles en esta misión, tienen plomo en el cuerpo – Porthos miró al conde y ladeo la cabeza – bueno tú tienes un pie esguinzado, no es plomo pero es mejor que no tener un rasguño en cambio yo... - el hombre se quedó callado mirando el fondo de la botella de Oporto.- ¡Yo tengo felicidad!

- Yo veo que tienes una botella – el conde se paró de la cama y se cruzó de brazos un tanto serio.

- Que observación tan mundana Athos - contestó Du-Vallon caminando hacia donde estaban los vasos - Quizás las cosas no han salido del todo bien pero ¿Cuándo nos han salido las cosas bien? Me refiero ¿Cuándo las cosas han salido perfectas? La verdad es que siempre aparece alguna loca o loco a querer matarnos a todos ¿Y dónde están? Ellos...- hizo una pausa abriendo el aparador de vidrio – Nosotros estamos vivos y ese es el punto importante de la cuestión - Porthos comenzó a servir el vino siendo muy generoso en cada copa - ¡Ah! Aramis me ha mandado a ver si ya podíamos hacer la reunión. Está algo nervioso, le he dado algo de tomar pero no sirve, es como agua.

D'artagnan miró a Athos un poco extrañado pero no dijo nada sino que dejo que el conde tomara la palabra por ambos.

- Nunca he conocido a un obispo más impaciente que nuestro amigo - el señor de La Fere tomo un bastón que estaba al costado de la cama y camino hacia la puerta - y luego las señoras van a él a pedir consejos. Un señor de la iglesia teniendo instintos asesinos hacia madame y desesperado por cumplir su venganza. ¿Es normal eso para un hombre de Dios?

- No me gusta ser verdugo, menos de una mujer pero él siempre se ha jactado de ser el más inteligente de todos nosotros y ha terminado siendo títere de alguien más - Porthos tomó del vino y se volvió a servir pero esta vez no era para el sino que le tendió la copa al mosquetero - bebé, todos sabemos que es milagroso

D'artagnan se sonrió de costado tomando el vaso de Oporto y sin decir nada se lo tomo de un solo trago. 

Había entendido perfectamente la situación, esta vez no era my Lady de Winter y no iban a matar a la mujer pero debían decidir qué ocurriría con ella.

Luego de beber, el mosquetero con ayuda de Porthos se colocó la camisa blanca y un jubón de los mosqueteros limpio, ya que el suyo seguramente aún estaba manchado de sangre y con un agujero.
Los tres hombres salieron de aquella habitación para caminar hacia otra que quedaba al final del corredor.

El primero en entrar era Porthos, aquella sonrisa de felicidad se desvaneció, no porque no estuviera feliz sino porque Aramis lo regañaría y en aquel momento no estaba como para dejar que el obispo lo regañara como lo hacían los padres con los niños. 

El conde de La Fere fue el segundo, quien se erguido un poco más al ver que madame de Chevreuse se encontraba allí. Los ex amantes se miraron, ella con furia y él con compasión. Athos entendía el dolor de aquella mujer pero no tenía perdón.

El último en entrar fue D'artagnan, pálido aun por el dolor pero entero en su temple. Aquella situación no le gustaba, nunca le había gustado ser verdugo. 

- Su majestad ha dejado que nosotros seamos lo que decidamos sobre el futuro de nuestra querida amiga - comenzó el obispo antes de aclararse la voz - y todos aquí somos caballeros y hombres con el don del perdón ¿No es así?

Los tres interlocutores se miraron sin entender hacia donde iba el religioso por lo que prefirieron asentir con la cabeza y dejar que el hombre continuara.

- Colocarle una máscara a madame no sería lo más correcto como tampoco lo es mandarle a la ahorca por su traición - Aramis sacó un papel de su saco - su majestad ha firmado este papel con el indulto real – extendió el papel para que todos pudiera ver las letras - siempre y cuando madame prometa que se irá afuera del país y jure que no traicionara a la corona, porque de ser así los consejeros reales podrán enviarla a prisión a usted o algún familiar suyo dependiendo todo de las circunstancias de su nueva traición

Athos levanto su mano para que Aramis le sediera la palabra 

- Madame de Chevreuse, deberá entender que usted ya está exiliada de la corte desde hace muchos años y está noche ha comenzado el rumor que ha querido asesinar al rey - agregó el conde acomodándose en el sofá que enfrentaba a la ex dama de compañía de su majestad - Si usted es lo bastante inteligente, como nosotros suponemos que es, tomará sus cosas y se irá bien lejos. Sea razonable y acepte el trato del rey.

Se hizo un nuevo silencio en la sala en el que todos miraron a la mujer. Madame tenía un pequeño corte sobre la ceja superior y uno de sus pómulos morados. 

El rumor de una nueva traición caía sobre sus hombros, primero en la época de Luis XIII contra Richelieu, luego en la fronda y ahora con el nuevo rey. Por más que ella supiese la verdad su imagen estaba muy manchada.

- ¿Qué tan seguros están que me iré y no diré sobre vuestros secretos? - preguntó la dama mirando a los hombres pero principalmente fijando su vista en el capitán de los mosqueteros del rey.
El gascón sonrió de costado y se tocó el hombro porque le molestaba, le molestaba la herida, ella y toda aquella situación.

- Si comienza a picarme las orejas madame, os aseguro que yo mismo le haré una grata visita y... – D'artagnan se movió de su posición para enfrentar a la mujer. Aquel secreto se iría con él a la tumba.

- Y yo acompañare al capitán - agrego el conde con tono muy severo, él tampoco iba a permitir que aquella mujer dañara la vida de sus amigos. Él había cometido un error en juzgar a D'artagnan y ahora iba a intentar remedir todo aquel daño. - está de más que intentes otro plan contra el joven monarca o la corona. – hizo una pequeña pausa raspando su barbilla con el dedo índice.- Madame, nosotros vamos a defenderlo como hemos defendido a Francia y no podrás contra nosotros cuatro, así que como puedo leerlo en vuestros ojos tomaras tus cosas, te iras por la puerta con la cabeza gacha diciendo "Gracias a majestad por vuestra grandeza" y si el destino lo permite nunca más no veremos hasta que tengamos que rendir cuentas en el cielo o el infierno dependiendo de nuestros actos. – la intensidad en los ojos del conde doblego a aquella señora.

- Aceptare entonces la grandeza de los nuevos reyes - contesto la mujer con tono de enfado.
Aramis se río un tanto sínico, caminó hacia la puerta, la cual abrió para dejar pasar a dos mosqueteros.

- Que tenga un buen viaje, lamento que nuestra amistad haya terminado de esta terrible manera querida amiga - los hombres ayudaron a levantarse a la mujer, la cual si hubiese podido hubiese escupido al obispo pero aún era una dama de la corte o en algún momento lo había sido así, simplemente lanzo una mirada de rencor aquellos hombres que la habían condenado nuevamente al destierro lejos de la venganza.

Porthos camino hacia la licorera que había en la habitación y sin que nadie se lo pidiera, le dio un vaso de ginebra al señor de Vannes.

- ¿Cómo sabes que no habrá problemas en el viaje? – preguntó Porthos un tanto preocupado de que algo saliera mal en el plan de su amigo.

- Simple, esos hombres no son mosqueteros sino que son jesuitas – contestó con toda naturalidad el obispo mientras jugaba con la copa que le había dado Porthos - Aun soy el líder por lo que...

- En parte madame tiene razón y eres el rey - dijo el conde riéndose del cura mirando cómplice a su amigo gascón.

- Pero él quiere ser Papa, no rey – agregó D'artagnan pegándole en el brazo a Athos.

- Todos nos conformamos con migajas en la vida - agrego el señor de Du-Vallon - yo quería ser un gran señor y mírenme aquí siendo consejero real, no soy el rey sigo con las mismas tierra pero soy un consejero real - se río con muchas ganas mirando a través de la ventana hacia donde se encontraba un grupo de cortesanas – Y tendré que sacarle provecho a esto señores - el ex mosquetero se tomó de un sorbo el vaso de ginebra que se había servido para él. - Es injusto que D'artagnan sea el único que tenga acción aquí. Ya no es ni soltero ni tan codiciado – agregó Porthos terminando de acomodarse el jubón y el pelo para poder salir de la habitación rumbo a conquistar el mundo.

El gascón negó con la cabeza y suspiro pesadamente.

- El resto de mi vida lo tendré detrás de mí, una y otra vez con este tipo de comentarios – el mosquetero miró el licor de ginebra pero él ya había bebido. Lo mejor era evitar al obelix antes de que le comiera la cabeza.

- Aun te puedes confesar
 
- ¡Oh Dios! - dijo D'artagnan levantándose del sofá - Pagare mis pecados antes de morirme y será dolorosamente con ellos a mi alrededor

Aramis y Athos se miraron antes de echarse a reír a carcajadas.

- Peor es estar solo - agrego el Conde tomando un vaso de coñac y sonriéndole a al mosquetero muy divertido.

D'artagnan los miro negando con la cabeza, era increíble verlos ahí en el palacio siendo consejeros reales pero lo que más le asombraba haciéndolo dudar de la realidad al mosquetero era, que por fin aquellos amigos sabían la verdad sobre Phillippe y querían ayudar al muchacho por el bien de todos.
En aquel momento, Francia parecía un mejor lugar para vivir. El mismo palacio iba a ser un mejor lugar para vivir y poder respirar pensó el mosquetero para sus adentro

- Tienes razón amigo mío, tienes toda la razón – D'artagnan palmeo la espalda de Athos.

- Yo siempre tengo la razón mozalbete ¿Una copa?


- No gracias, estoy en mi horario de trabajo - se disculpó el mosquetero caminando hacia la puerta.

- No te dejarán volver al trabajo - el conde se sonrió mirando Aramis con complicidad y alzo la copa indicándole al gascón que mirará hacia el pasillo

El capitán disimuladamente miró hacia el lugar en donde le había indicado su amigo y vio a Ana de Austria con otras damas de la corte. El hombre no supo si poner sus ojos en blanco o ignorar el comentario de su amigo

- Como dije tengo que volver al trabajo

El gascón salió de la habitación con mucho cuidado en su andar.

Camino como si no tuviera aquella herida en el hombro que le hacía palidecer con cada paso. Era gascón y por lo tanto muy terco. Se sonrió de costado como hacia cada vez que veía a las damas de la corte. D'artagnan era conocido por su humor y por ser siempre tan galante, ellas le preguntaban, él respondía y así viceversa. Un juego.

Él capitán paso al lado de aquel grupo de mujeres, su mirada fija en ella y solo en ella, la reina madre, aunque las otras mujeres lo miraran, le sonrieran y comenzarán con las preguntas para sacar el ingenio de aquel hombre, él no les pertenecía en aquel momento.

- ¿Ya está levantado M. D'artagnan?

- Si su gracia - contesto el mosquetero con una sonrisa - Solo ha sido un rasguño - se mordió el bigote sabiendo que no era verdad y que ella lo miraba de manera significativa

- Estoy segura que su majestad le daría el tiempo necesario para reponerse de vuestra herida capitán, le ha salvado la vida

El murmullo entre las damas creció y el mosquetero sentía cierto calor en el cuerpo. Ana de Austria lo estaba haciendo apropósito, lo estaba poniendo como objeto de miradas y él en ese momento estaba más pálido

- Realmente majestad, yo intente salvarle la vida al rey y Dios ha hecho que usted me la salve a mí . - D'artagnan hizo una pequeña reverencia - y ahora si me disculpa debo seguir con el trabajo pues el rasguño solo es rasguño gracias a usted majestad - el mosquetero sonrió de costado antes de echarse andar hacia el lado del palacio en donde estaban sus hombres.

El conde y el obispo estaban en el vano de la puerta mirando aquella escena.

- Ahora que lo veo mejor, la devoción de D'artagnan es amor, y si te fijas bien la reina lo mira. No como mira a su hijo o al resto de los cortesanos, pero claro ahora lo veo porque se la verdad y la verdad es que si no fuera así

- Simplemente sería otro secreto en esta corte querido Conde - el obispo golpeo el hombro de su amigo - hay demasiado trabajo para hacer y Phillippe está demostrando que se puede ser rey y ser un buen rey, ahora si me disculpas me iré a entrevistar con él.

Así el obispo de Vannes se fue dejando al Conde de La Fere solo en la habitación. Porthos ahora tenía juventud, Aramis tenía una meta, Phillippe tenía su libertad, D'artagnan tenía amor y él, él ahora volvía a tener la vida que había perdido cuando Raúl partió.

|| Muchas gracias por leer y si les gustó pueden leer D'arganan Love ó el proximo FF que subire basandome en este Finction para continuar. Nos vemos||