lunes, 27 de febrero de 2017

Fontainebleau


En aquel lugar alejado de Paris y por sobre todo del parecía ir Perfecto. Mi felicidad no podía ser más grande, tenía mis pequeños momentos para hablar con Ana y saber los pormenores del embarazo. Mi corazón albergaba una felicidad demasiado grande. 

Pero como dije todo parecía ir perfecto hasta que la última noche antes de volvernos a la corte, al Palais Royal, el ayuda de cámara de la reina me había agarrado del cuello cuando me disponía hacerle una visita.

-¿A caso eres idiota o qué? – preguntó él bastante irritando mientras hacía presión su mano contra mi pecho. No era algo que me gustara, la pared era muy dura y me estaba causando dolor – te advertimos que te alejaras de la reina.

-M. La Porte – dije intentando respirar primero y después zafarme de su agarre – si me suelta podemos hablar como dos caballeros que somos.


-Debería estrangularte con mis propias manos – me contesto él haciendo más presión sobre mi cuerpo – desde que te vi jugando con ellas sabía que no era una buena idea, puedes fanfarronear de lo que hiciste en tu pasado pero traes mala suerte. ¿O tengo que recordarte que le ocurrió a Constanza?

Lo miré a los ojos tensando mi mandíbula, aquel hombre me unificar con la pared.

Si ponía resistencia podía zafarme de la situación pero tampoco quería crear un escándalo, no sabiendo que mañana volveríamos a la corte, si el ayuda de cámara de su majestad aparecía con un brazo roto tendríamos que explicar la situación y Richelieu más rápido que nosotros sacaría sus propias conclusiones de los hilos que había manejado.

-No puedo...respirar
 
-Promete que te alejaras de ella – ordeno él haciendo que lo mirara directamente a los ojos. –Ya bastante lío y daño haz provocado en su vida como para que sigas con este juego.

El frio recorrió mi cuerpo al ver que aquel hombre no estaba jugando. No sabría decir bien si él estaba enamorado de ella o no pero si era seguro que por nada del mundo la pondría en peligro. Había escuchado tantas cosas y una de ellas era que aquel hombre daría su vida por la de la reina.

-Si...- dije casi sin aliento.

Moví la cabeza afirmativamente sin apartar mi mirada de la suya. Y aquel momento la puerta del pasadizo se abrió, madeimoselle Hautefort nos miró sin comprender la escena mientras que el hombre soltaba del agarre y yo sentía como el peso de mi cuerpo volvía a caer sobre mis talones.

Me lleve la mano al cuello y cerré los ojos sintiendo como de a poco mi respiración volvía a la normalidad.

-M .D'artagnan.- la voz de la joven doncella de la reina no sonaba para nada segura - ¿Se encuentra usted bien?

-Si...- conteste abriendo los ojos para dedicarle una sonrisa. – Discúlpeme con su majestad pero me temo que no podre asistir a nuestra entrevista – agregué mirando de reojo a La Porte, aquel juego de miradas había sido percibido también por la joven lo que seguramente iba a llegar a oídos de su majestad.

-El caballero D'artagnan tiene mucho que pensar, pero le informare a su majestad lo que me ha dicho – se apuró a decir él.

-Gracias – hice un pequeño gesto con la cabeza antes de despegarme de la pared y volver nuevamente a mí recamara para dormir.

Una vez acostado en mi cama había pensado que tal vez había sido bastante estúpido al actuar así tan débil, mi amor no era débil, pero temía realmente por su salud. No era que tuviera algún tipo de maldición sobre mí, no quería pensar en ello, claro que no. Pero el solo nombre de Constanza y el recuerdo de su fatídico final hacia que se me helara la sangre.

Intentaba hacerme entrar en razón, mi cabeza buscaba los porque no podía funcionar aquella relación, la más obvia de todas era la que todo el mundo veía. Ella era la reina de Francia y yo simplemente era un mosquetero, además uno bastante pobre y sin logros, más que el de haber salvado su cabeza ya hacia como diez años. Pero un militar no podía vivir de recuerdos, eso no pagaba ni las botas, ni las espadas ni mi techo por lo que aunque nos doliera a ambos no estaba en su categoría. El segundo punto en contra según mi mente era otra cosa bastante obvia, ella era una mujer casada y bastante católica, yo lo era, claro que lo era pero si mi alma se quemaba en el infierno por un solo beso de sus labios estaba dispuesto a quemarme allí todos los días. Constanza también era una mujer casada y eso no había impedido nada, el amor iba más allá de las reglas establecidas por el hombre. Fuera como fuera, a menos que no fuera la reina y se convirtiera en una viuda nuestra relación no iba a ir a ningún lado. Quizás el reto que me había dado el señor La Porte era por el bien de todos.

El viaje de regreso a Paris había sido tranquilo, me había limitado a no mirarla, a no mirar a nadie, ni a ella, ni a sus damas , ni a La Porte, ni Monteville ni siquiera a la monja para que rezara por mi alma.
Aquello no era lo único que dolía de aquel viaje, sino era que mi único amigo en Paris aparte de mi lacayo Planchet, se iría a la guerra. Andre era muy joven para ir a la guerra por lo que aquello me tenía bastante preocupado. A penas pusiéramos un pie en la corte, él debía partir a toda prisa a cumplir con su deber.

-¿Algún tipo de consejo tiene para mi señor D'artagnan?- preguntó él con una gran sonrisa ancha en sus labios.

-Sí, mantente con vida – 

Recuerdo que le dije bastante preocupado una vez que estuvimos los dos solos en el corredor del cuartel de los mosqueteros. No sabía de adonde pero aquel sentimiento paternal que había nacido tras las noticia de nuevo heredero hizo que abrazara con bastante fuerza aquel mozalbete.

-Solo cuídate porque no puedo ir a salvarte el pellejo muchacho
 
Con la partida de Andre y la amenaza de La Porte los meses se habían hecho bastante largos, aquellos dos meses y medio se habían hecho bastante largos para mi pobre alma. Aquel ayuda de cámara se había encargado de hacer una pared entre la reina y yo por lo que al no verme apto para saltarla me limitaba a verla desde la distancia. 

Septiembre cinco de 1938

Aquel mes había llegado a mí sin que me diera cuenta.

Pero aquel día había sido especial desde el principio. Tanto Treville como la corte se había mudado a Fontainebleau, el rey Luis XIII había decidido que su hijo debía nacer en el mismo palacio en el que él había nacido. Lo bueno es que seguían en Paris pero un poco más al norte o bueno dependía de como yo viera mi propio mapa.

En fin, Ana de Austria estaba pronto a dar a luz por lo que todos esperaban aquel acontecimiento con gran alegría, las apuestas se hacían en la taberna, algunos apostaban que iba a nacer el delfín, otros por su parte decían que iba a nacer una niña y había otros sector al cual prefería no escuchar. Aquello me hacía mucho daño.

-¿M D'artagnan no va a comer de nuevo? – pregunto mi casera de nombre Madeleine, era una belleza joven. Su pelo era rojizo y debía decir que su cuerpo estaba bien formado. –El desayuno apena lo ha tocado, el almuerzo ni lo miró y ahora no quiere cenar.

-No...-conteste retirando el plato y tomando un pedazo de pan de la mesa – tengo el estómago bastante cerrado. 

Mirar hasta el pobre pan me daban ganas de.... Ahogue un suspiro.

-Cualquiera diría que usted será el padre – al escuchar su comentario alce la cabeza y me puse blanco, más blanco que el papel inclusive.

-¿Qué? –Pregunte un tanto extrañado – Es que, esto es muy importante para todos. Yo no puedo imaginar –cerré mi puño intentando mantener mi mente en calma. 

-Tranquilo, solo bromeaba. Todo el país está esperando que Dios bendiga a los reyes con un heredero varón.

En aquel momento la puerta principal del edificio sonó.

Madeleine me miró y luego de un leve movimiento de cabeza se retiró para ir abrir la puerta.
Movido por la curiosidad había ido a la puerta también y grande fue mi sorpresa al ver un alegre Porthos cruzar el portal con Raúl en brazos.

-Vaya – dije abriendo mis ojos – No me los esperaba aquí.

-Paris estará de fiesta, vino en las calles ¿Cómo podía yo perderme esta fiesta? – pregunto el señor de las tierras de Du-Vallon pasándome al pequeño niño a mis brazos.-Además te he traído a tu sobrino y al padre que está hablando con Grimaud y Mosquetón afuera, ya entrara – mi amigo se quedó mirándome y luego miró a mi casera.- Yo preocupado de que estuvieras en la corte y mira aquí estas acompañado de una hermosa dama – se quitó el sombrero e hizo una reverencia tal como si se presentara a una dama de la corte, Porthos desbordaba galantería – Soy el señor Du-Vallon pero puedes decirme Porthos 

-Madeleine – se presentó ella tímidamente 

-Nos traes algo de vino y comida para los señores – le pedí a la muchacha y ella entendió, prefería que mi amigo se mantuviera a raya de aquella dama.

-Si señor
 
Madeleine desapareció de la habitación dejándonos solos, miré al pequeño Raúl, la última vez que lo había visto había sido el mes anterior, el conde de La Fere le había celebrado el primer año de su protegido por lo que sus amigos nos habíamos hecho presente en dicha presentación.

-Creo que tú eliges tu hospedaje dependiendo de la casera – Porthos se acercó a mí y me codió cerca de la costilla. – no pierdes el tiempo sabandija
 
-No es lo que tú piensas – conteste mientras comenzaba hacerle alguna monería al infante.-Ella está casada, no me interesa meterme de nuevo en estos líos – "por tercera vez" agregue para mis adentros. 

-Como si eso te impidiera algo, si ella quiere y el marido no sabe – Du Vallon camino hasta la silla y se dejó caer mientras se desajustaba el agarre de su jubón – A veces una mujer casada es más ...es una amante distinta. Los maridos no siempre están atentas a ellas, tengo bastante experiencia en estos temas. Que va Aramis también te lo puede decir sino hay que preguntarle por madame de Chevreuse 

-Porthos, está Raúl presente por favor – lo regañe mientras yo también me sentaba 

La joven volvió a entrar en la sala para dejar las provisiones para mis amigos, estaba claro que yo no quería comer. Pensar en lo que le podría estar pensando a Ana en aquel momento me daba nauseas, quería montarme en el caballo e ir. Había sido idiota al pedirle a Treville que me dejara aquellos días, que realmente estaba descompuesto, lo peor es que era verdad pero de solo pensar me ponía peor.

-La reina ha entrado en trabajo de parto – el conde de La Fere abrió la puerta 

Y tal fue mi reacción que había parecido que me había quemado con la silla. Casi de manera inconsciente le había pasado a Porthos al pequeño.

-¿Qué? – Si aquella pregunta parecía ser mi favorita el día de hoy.- ¿Cómo que la reina ha entrado en trabajo de parto? Eso no puede ser posible aún faltan unos días.

Miré la botella que estaba en la mesa y le quite el corcho, sin decir nada y sin siquiera preocuparme de usar un vaso bebí directamente del pico de la botella.

Aquel manjar de los dioses intentaba calmar mi alma. Sentía tal agitación que podría jugar que estaba pronto a que me diera un ataque de nervios. No recordaba que mi padre hubiese sufrido de algo así en ninguno de los partos de mis hermanos, no había visto todos pero quizás el hombre con cada hijo se iba calmando. La verdad que no sabía que pensar solo sabía que ahora no debía estar allí, tenía que llegar hasta donde ella estaba.

-He espera hombre, si vengo a beber contigo también. – Porthos me quito la botella de las manos - ¿Cómo te has enterado de eso Athos?

- Grimaud hablo con Bazin, Aramis ha tenido que ir al palacio. Sospecho que está acompañando a su querida amiga o alguna de ellas. La verdad es que es muy misterioso cuando quiere – contesto el conde con tal seriedad tomando a Raúl de los brazos Porthos – Yo que te traigo con estos hombres y estos hombres beben delante de ti – le dijo al pequeño niño.

-Bebe – le contesto el infante mirando a Du Vallon.

-Si el bebé – le habló a su hijo y le dedico tal sonrisa que me hizo sentir mal, no porque me había querido bajar el vino de Anjou solo, sino porque no podría pasar por una situación con mi propio hijo o hija, tal vez si era una niña tendría más acceso pero si era el Delfín de Francia seguramente podría mirarlo solamente desde la distancia - ¿Ocurre algo D'artagnan?

Alce una de mis cejas y negué con la cabeza dibujando una sonrisa, la sonrisa más amplia que pude.

-Es que se ven adorables – conteste acercándome a él para darle un abrazo. 

Mi cabeza había volado tan allá que no había ni siquiera reparado en saludar a mi mejor amigo como corresponde. 

-¿Esto del nacimiento del rey te ha puesto un poco sensible? – preguntó el buscando mis ojos para encontrar la verdad tras mis actos. Lo que mi buen amigo no sabía era que en los últimos meses me había hecho muy bueno creando una propia mascara para mi cara, una máscara que ocultara mis verdaderos sentimientos. – Ya sé que te pasa – él golpeo mi hombro y se alejó para agarrar la jarra de agua – Te gustaría estar allá con tu gran narizota tras los pasos de Treville.

-Tienes razón – dije tomando de nuevo la botella de vino – nuestro capitán ha pensado que ya había mucha gente, los cortesanos irían, un grupo selecto claro está , por lo que busco mosqueteros selectos y como yo me sentía un poco mal, no quería correr el riesgo de que contagiara a su majestad a estas alturas.

Ambos me miraron extrañados 

-También me enfermo masculle – baje la vista al vaso que había llenado mientras hablaba y me lo tome de un sorbo.

La puerta se volvió a abrir y apareció Planchet. Venia bastante mojada a decir verdad.
-Disculpe señor – cerro la puerta – señores.

-¿A ti que te ha pasado? – pregunté bastante extrañado al ver a mi criado así. -¿Está lloviendo afuera?

-No, es que mire – se movió un poco inquieto sobre su pies y luego de una pausa un tanto larga dio un paso hacia nosotros – Pase por la plaza de la concordia, yo quería saber cómo iba avanzando el asunto, usted sabe, y hay tanta gente señor que no se lo puede imaginar, cuando fuimos a la Rochela, si habían soldados porque era una guerra pero ahí afuera.

-Vamos Planchet, ve al grano – lo apure para que terminara de dar tanto rodeo.

-Es que en un momento cuando venía para contarle lo que sabía señor D'artagnan, apareció un hombre a caballo y empezó a gritar que la reina Ana había alumbrado a un niño. La gente que estaba ahí estallo ¡El Delfín había nacido! Empezaron a volar cosas, pero de felicidad, de todas maneras tengo tanta mala suerte que un grupo de hombres dieron vuelta un bebedero para los caballos para poder subirse arriba y es que me dado toda el agua encima.- se explicó el hombre mostrando como había quedado.

La risa de Athos lleno aquel lugar haciendo que mi casera saliera de cocina para ver qué era lo que había pasado.

-¿Entonces el Delfín ya nació? – pregunto el Porthos mientras yo buscaba otra botella para descorchar. - ¿Es un niño?

-No, resulto ser una falsa alarma pero por lo que he podido escuchar por lo que nos ha dicho Bazin es que la reina lleva desde el mediodía en trabajo de parto. – Miró hacia el reloj – las apuestas dicen que cerca de las diez de la noche nacerá – escuche una pausa en el que logre destapar la nueva botella - ¿Cuánto tiempo puede estar una mujer en trabajo de parto Madeleine?

Alce mi vista para mirarla, mi mano estaba ocupada con el vaso pero eso no quitaba que aquella respuesta me interesaba. Mis nervios se iban a destrozar en cualquier momento.

-Es relativo, he escuchado de mujeres que han estado un día largo esperando por el nacimiento de sus hijos, aunque teniendo en cuenta que es el primer hijo de su majestad y ha tenido ya abortos pues no sé, podría quizás durar menos, unas doce o diez horas – explico ella con bastante calma.

Sentí que las piernas me flaquearon. Caí en la silla y volví a tomar de nuevo del vaso.

-Señor D'artagnan si toma con el estómago vacío le hará mal – escuche el regaño de la muchacha 

-Ya había llenado el vaso para celebrar pero bueno no vamos a esperar hasta que nazca el príncipe para beber ¿No Porthos? – pregunte sirviendo un vaso para él y otro para Athos.

-Tienes absolutamente toda la razón – vi como Athos me miró un tanto extrañado y agarro el vaso no muy seguro.

-Salud por el futuro Delfín que hará grande esta nación – grito Porthos chocando la botella que tenía en mi mano. Hicimos aquel brindes y bebí nuevamente de la botella.

-Tranquila Madeleine, estoy en perfecta compañía y ellos me cuidaran – sonreí de costado.

-Sí, tan bien que ya se – Porthos miró a Athos – dile a Grimaud que se quede con nuestro pequeño amigo y vamos a celebrar a una taberna que está cerca de Fontainebleau. Allí sabremos primeros la noticia y si tenemos suerte encontraremos a Aramis.

Alce la vista casi suplicando que el Conde de La Fere contestara que sí.

Aquel hombre se tomó su tiempo pero al final había aceptado.

Así fue como el pequeño Raúl había quedado bajo la protección de Grimaud, Mosquetón, Planchet y Madeleine.

Tal como lo había dicho mi criado, cruzar no solo la plaza de la concordia era una odisea sino que era muy difícil llegar a cualquier lado. Por suerte estábamos en caballo y eso ayudaba a que la gente se fuera haciendo a un lado.

Luego de casi media hora habíamos llegado a una taberna a poco menos de media cuadra del palacio en donde estaban los reyes. 

Desde aquella posición se veían las luces, seguramente estaban todos allí esperando por el nacimiento y yo aquí del otro lado con el corazón en una mano y los nervios en la otra.

-Que viva el rey – se escuchó apenas pusimos un pie dentro de la taberna. 

El eco se había hecho en cada hombre que había ahí adentro, bastaba más decir que ni un alfiler podría entrar.

Nunca se me hubiese pasado por la cabeza que mi hijo iba a ser celebrado de tal manera, pero tampoco había pensado que mi hijo fuera un príncipe mucho menos el futuro rey de Francia. 

-¡Dios Mío ayúdame!- me dije para mí mismo. La distancia era tan corta que quizás si le suplicaba a Monteville o a Estela me dejarían entrar. Aunque si La Porte me veía era capaz de asesinarme ahí mismo.

Porthos eligió una mesa, milagrosamente había mesa en la parte de arriba de la taberna. Estaba escondida pero para mi suerte tenía una ventana que daba hacia el palacio.

-Cuando nazca el futuro rey el cielo se iluminara – comento Porthos – He mecerá traednos dos botellas de su mejor vino.

-Mejor que sean tres – grite levantándome de la silla

-¿Tú desde cuando bebes tanto? – pregunto extrañado Athos 

-Solo es una vez en la vida, no siempre puedes vivir esto. Me refiero a que nazca un rey y que uno este para contarlo aunque seguramente no podré decir mucho a mis sobrinos porque no lo recordare muy bien me reí.

-Athos no seas amargado y tomo con nosotros, de todas maneras Raúl está bien cuidado.

Un grupo de mosqueteros paso por nosotros y al reconocerme a mí y a mis amigos nos dejaron una botella.

Porthos me ayudo a bajar aquel contenido de color bordo, Athos nos cuidaba. Él apreciaba más el espectáculo. A él su hijo lo había apartado de la bebida mientras que a mi... no era su padre.

La mujer apareció justo en el momento en que tal como lo había dicho Du Vallon, el cielo de Paris se había iluminado. Parecía que el sol había salido en medio de la oscuridad. Era algo muy glorioso para los ojos.

-Que viva el rey – grito una voz no muy lejos de nosotros.

-Que viva – contesto la gente

Mi mano quito rápido el corcho y brinde contra la botella que había abierto Porthos. Le di un gran sorbo sintiendo que el mundo comenzaba a tambalearme.

-Que viva la reina – grito la misma voz.

-Que viva – volvió a contestarle la gente.

Mis ojos se cerraron con fuerza mientras pensaba que necesitaba saber de ella.

-Que viva el Delfín de Francia 

-Que viva 

Esta no solo contestó las voces de antes sino que la música se había hecho con el lugar, la puerta de la taberna se había abierto y la gente abandonaba el lugar.

Tome la botella de vino y mire a mis amigos.

-No se preocupen, solo iré a ver a la gente, a ver qué hace. Esta noche no tengo que arrestar a nadie por disturbios – me reí y volví a brindar con Porthos. – Que viva el Delfín, vamos que yo invito todo absolutamente todo lo que te puedas tomar – golpe el pecho de mi amigo antes de echarme a correr de una manera tambaleante por las escaleras.

-Te quedaras sin dinero gascón – me miró – Que viva la reina porque ella le dará la belleza que le hace falta a un gran rey 

Me gire sobre los talones perdiendo un poco el sentido la orientación.

-Que viva la reina "joder"- le conteste en un casi perfecto español – y toda la....- le di un sorbo largo a la botella - ¿Cómo dicen los españoles Athos?

-¿Qué palabra buscas? – preguntó el riendo, yo creo que le daba gracia mi estado.
Chasquee mis dedos y mire la botella buscando la palabra.

-Cojonuda corte – chaquee los dedos de nuevo – y Olé
 
-¡y olé! – me contesto Porthos.


Me lleve la mano a los labios y le tire un beso antes de bajar completamente todos los escalones.

-Carga las botellas que pidan los señores a mi nombre. D'artagnan – le dije al cantinero y vi un par de botellas que estaban sueltas por ahí.

Tome las que me entraban en una mano y camine hacia donde una mesa apartada del mundo.

Tal como lo hubiese hecho Athos pensando en Lady de Winter, me senté ahí a tomar en silencio mientras Francia seguía iluminada por el sol que había nacido.

-Felicidades gascón – me dije a mi mismo antes de humedecer nuevamente los labios en el vino – felicidades.