martes, 9 de diciembre de 2014

Capitulo XIV : Eternas horas

D'artagnan abrió los ojos producto de un trueno que lo había despertado, ya no era de noche sino de día, aunque un día muy gris seguramente Aramis no iba a estar feliz por el clima.

El mosquetero se tomó su tiempo para despertarse o aquello intentaba cuando otro trueno lo interrumpió haciendo que se sobre saltara, no solo a él sino que Ana de Austria quien aún dormida se aferró a la camisa de su amante con un poco de fuerza.

- ...- el gascón la admiro mientras pasaba su mano por aquellos cabellos oscuros.


Hacia veintidós años atrás no había tenido tal suerte de despertar al lado de la mujer que amaba. El mosquetero cerró los ojos de nuevo disfrutando de aquel momento, la realidad era que no sabía cuándo iba a tener de nuevo tanta suerte como aquella mañana

- ¿D'artganan? - Ana habló con su voz adormilada, aquella pregunta era como si aún se sintiera en un sueño.

- Buenos días my lady

El mosquetero abrió sus ojos, giró su cabeza para encontrarse con los ojos azules de su reina y le sonrió de manera dulce, ella también se sonrió mientras alzaba su mano para tocar la mejilla del hombre y con lentitud sin perder el contacto visual sus labios se fundieran en un beso muy dulce.

- Pinchas - la reina deslizo su dedo índice por la barbilla del mosquetero

- Es todo parte del plan - él simplemente movió una de sus cejas - Recuerdas estoy herido

- Y lo estás... - la mano de Ana se cerró en la barbilla del mosquetero para atraerlo y darle otro beso.

- Pero...

Desde la puerta se escuchó un pequeño golpe, y los amantes se miraron a los ojos. Ni él ni ella habían escuchado los pasos en el corredor de madera pero claro, estaba lloviendo y la madera húmeda no hacia tanto ruido.

- Disculpe...Buenos días su majestad, perdon si la he despertado pero el desayuno está listo y... ¿Le gustaría acompañarnos en la mesa o hago que le traigan la comida aquí? - El señor Du-Vallon se escuchaba algo avergonzado, cosa que a D'artagnan le provocaba gracia ¿El gran Porthos tenía miedo?

Ana coloco su mano en los labios del mosquetero para que este no se largara a reír y aunque ver los ojos del gascón con tanta diversión a ella le provocaba también ganas de reírse, se lo aguanto y luego de tomar aire miró hacia la puerta.

- Buenos días, bajare Monsieur Du-Vallon, en unos minutos estaré en la mesa - la voz de la reina llevaba mucha calidad y amabilidad

- Gracias su majestad...- se escuchó el crujir de la madera y una pausa - ¡Ah! Debido a la tormenta desayunaremos abajo y...- otra pausa un poco más larga - No quiero ser irrespetuoso pero si ve a D'artagnan le dice que también baje a comer

La reina no pudo contestar a las palabras de Porthos dado que este, apenas había terminado de decir la última palabra se había dado a la fuga por las escaleras como quien tiraba una bomba y no quería ser alcanzado.

- Es como un niño - se disculpó el mosquetero y suspiro pesadamente

Con o sin intensión las palabras de Du-Vallon los había traído a la realidad, así que el mosquetero muy a su pesar se había salido de la cama y alistado en un par de minutos. D'artagnan no podía luchar contra su sentimiento de deber, demasiados años que lo habían vuelto más militar que humano.

- Nos vemos en el desayuno, su majestad - por acto reflejo o no el mosquetero hizo un pequeño gesto con la cabeza antes de dejar un beso pequeño en los labios de su amada y a continuación dejo la habitación para darle privacidad. El capitán ni siquiera había esperado una respuesta de la reina.

Mientras su majestad se tomaba su tiempo para arreglarse en la habitación D'artagnan había ido a cambiarse la camisa por la camisa de su uniforme y de paso lavarse la cara. El no afeitarse le ahorraba tiempo y aunque no le gustaba del todo como se veía, tenía que ser parte del plan y de apuesta porque no.

La sala de estar se había convertido en un comedor de la noche a la mañana, y como era de esperarse la lluvia no había dejado que ninguno de los comensales pudiera salir. Así que por ahora Phillippe, Athos y Porthos se encontraban tomando el desayuno.

- No entiendo por qué tuve que ir yo a avisar del desayuno, no soy un gallo - se quejó el caballero de Vallon

- Phillippe es nuestro rey, y como tal debe comportarse desde ahora en adelante como si fuera Luis - contesto el conde de manera natural.

- Bueno - mascullo Porthos - aunque bueno, creo que hay dos de aquí que no han....no importa

- ¿Que ibas a decir? - Athos dejo el pan a un costado mirando a su amigo

- No es sobre lo que tú crees...no importa de verdad

- Bien, entonces sigue comiendo

La verdad que el conde no había entendido demasiado a su amigo, pero Porthos se había acomodado muy bien en la silla al escuchar unos pasos enérgicos pero algo cortados bajando por la escalera.

- Buenos días - D'artagnan saludo con mucha energía mientras se acomodaba en una de las sillas al lado de su hijo y por si las dudas miro a Du-Vallon con intensidad para que mantuviera la boca cerrada - ¿y Aramis?

- En la otra casa, está en una reunión - contesto Phillippe

- ¿Madame de Chevreuse?

- En su habitación...- contesto con mucho fastidio el conde

Athos tenía la vista perdida en la ventana pero el resto de los comensales se miraron entre sí, por el bien de la duquesa que se quedará allí hasta que volviera a Paris, lejos de la vista del Conde.
Porthos se acomodó un poco en la silla para acercarse a D'artagnan sin que lo viera Athos estaba por preguntarle que había pasado la noche anterior pero aquello quedo en la nada porque nuevamente los pasos se escucharon en la escalera , Ana de Austria a pesar de no estar en el palacio real bajaba las escaleras con su elegancia habitual.

Porthos dejo de comer simplemente para mirar a su majestad. Lucia el pelo negro suelto, algo que no era habitual en ella pero quizás lejos de la corte la reina podía tomarse algunos permisos protocolares.
Phillippe se paró de su asiento y camino hacia su madre para ayudarla con los últimos peldaños. Athos dejo la ventana para ver a la reina y su hijo. ¿Cómo es que Aramis pretendía que el muchacho tomará el trono de Francia sustituyendo a su hermano, si su corazón era distinto?

- ¿Cómo has dormido madre? ¿La tormenta ha interrumpido su sueño?

- He dormido muy bien, no he sentido la tormenta - Ana miró hacia donde estaba el mosquetero pero D'artagnan sintiendo la mirada de Porthos solo se quedó mirando su taza vacía - y ¿usted majestad?

Las mejillas de Phillippe tomaron color mirando hacia el suelo.

- No sientas vergüenzas debes estar preparado para lo que viene hijo mío - Ana miró a su pequeño muchacho y dejo un beso en su frente

- Lo...- el futuro rey miro primero al Conde, parecía que su tutor y su madre estaban en la misma sintonía, no iba a poder ser él esos días de libertad, el palacio iba a ser su nueva cárcel y él solo quería disfrutar de su familia en aquel momento. ¿Era tan complicado que alguien le siguiera la corriente? - También muy bien, madre

La reina madre tomo su lugar en la mesa, Phillippe se sentó entre sus padres, uno estaba enfrente del otro y él en la cabeza pues estaba camino a ser rey.

La puerta se abrió y no era Aramis sino que Helena entraba en la residencia acompañada de una de sus hermanas. Otra hermana una que ninguno de los comensales conocía. Entre más gente hubiese en el recinto de los jesuitas más gente iba a necesitar Aramis para servir a sus invitados.

- Disculpen la demora - la mujer dejo la bandeja con la jarra en la mesa y tomó las tazas de los dos nuevos huéspedes para llenarlas con chocolate caliente mientras que la otra mujer más joven dejaba pan fresco en la mesa, algunos fiambres, queso de cabra y mermelada.

- No hay problema Helena - D'artagnan le sonrió a su amiga mientras tomaba la taza de chocolate caliente entre sus manos para entrar un poco en calor.

- Gracias señor Narciso porque veo que aún sigue sin afeitarse

- No rompería mi palabra - el mosquetero dio un sorbo a su taza con total tranquilidad

- Imagino que no Capitán - Helena le dedico una sonrisa la cual el mosquetero correspondió y la mujer junto a su hermana se retiraron del comedor

Cuando el gascón dejo la taza sobre la mesa al alzar su vista se topó con los ojos azules de la reina quien le sonreía ampliamente. D'artagnan sintió el escalofrió recorriendo su espalda.

- ¿Parte del plan capitán? - Ana pregunto quitando su vista del hombre para tomar un pedazo de pan y juntarlo con el queso.

- No...Si...- al mosquetero se le hizo una pequeña laguna mental, no sabía que debía contestar ni sabía si había contestado con coherencia hasta que sintió un pisotón debajo de la mesa y apretó los dientes para no gritar. Un segundo y una respuesta mal dada lo habían puesto de color tomate. Ana de Austria le había dado en el pie malo.

El conde desde su posición había visto todo y tapaba su sonrisa debajo de su mano. El mosquetero intentaba disimular el dolor y bajar el color de rostro pero le era muy imposible.

- ¿Todo bien D'artagnan? - Athos gozaba de ver aquella escena, aquello le hizo sentir más joven de lo que el plan lo estaba haciendo sentir.

- Si...- contesto luego de una larga pausa el mosquetero y volvió tomar de su taza de chocolate. - Todo muy bien - susurro contra el metal.

El resto del desayuno transcurrió tranquilo. Salvo para D'artagnan quien opto solo por desayunar y no cruzar vista con nadie.

Había pasado un poco más de media hora cuando por fin el obispo de Vannes cruzo por el umbral de la puerta de entrada, estaba mojado entero , de pie a cabeza nada de él estaba seco pero había entrado con tanta urgencia que el agua era lo que menos importaba.

- Luis ha adelantado el baile para pasado mañana en la noche, pensé que contaríamos con una semana al menos para preparar a Phillippe - Aramis se secaba la ropa y el cabello con bastante vigorosidad - Pero si todo sale bien, podemos seguir con el entrenamiento en el palacio

- Estas completamente loco - dijo el conde levantándose de la silla - es algo imposible, Phillippe es muy diferente a Luis y en un día y horas no podremos hacer un milagro así aunque Dios este de nuestra parte

- Nada es imposible y Él señor esta de nuestra parte Conde - el obispo miro al capitán de los mosqueteros - Como tu caballo no está aún en condiciones de que pueda ser montado te he conseguido uno mejor

- Gracias, puedes mandar a que lo ensillen parto a Paris en cuanto todo esté listo

- Pero aun llueve con mucha intensidad - intervino Porthos

- Si pero si se ha adelantado el baile con más razón tengo que estar allá - D'artagnan miro a Ana de Austria por unos segundos y volvió a mirar a Aramis a quien no se le había escapado aquel juego de miradas.

- Hare que el caballo esté listo en unos minutos - El obispo miró a la reina - si su majestad también desea partir hay caballos listos para vuestro carruaje

Ana de Austria solo hizo un gesto con la cabeza no sabía si iba a partir hoy mismo dado que quería pasar más tiempo con Phillippe pero si era necesario viajaría de nuevo a París antes de lo pensando lo haría para ayudar a su hijo.

- Phillippe haremos solo lo necesario para que todo salga bien, tranquilo vuestra alteza todo estará en nuestras manos.

El joven muchacho asintió con la cabeza no muy convencida pero todos estaban ahí para ayudarlo y él no podía defraudarlos. Él debía ayudar a que Francia fuera un lugar mejor.

- Estoy tranquilo Aramis

Luego de escuchar aquellas palabras D'artagnan se alejó del grupo para subir las escales y el obispo salió para mandar por el caballo que iba a usar el gascón en su viaje de regreso al palacio.

El conde de La Fere y el caballero Du-Vallon se miraron, el primero porque sabía lo que se avecinaba y el segundo porque no lograba entender demasiado bien a su amigo el obispo. Si ya estaba insoportable el próximo día iba a ser un infierno pero se alegraba, aquel apuro agitaba a su corazón haciéndolo sentir más joven.

- Porthos ayúdame a correr los muebles de la sala - hablo el conde con mucha tranquilidad y su amigo el gran gigante camino hacia la sala para ponerse a trabajar.

El muchacho sintió que de un momento todo había cambiado. Él quería disfrutar más de todo aquello, aquella tranquilidad que había tenido durante esos días le habían recordado a su infancia a las afueras de Paris en un lugar que para él había sido mágico y que no sabía con exactitud donde era pero sus sueños siempre lo llevaban hacia allá.

- Comenzaremos con las clases de Baile su majestad - el conde hablo con aquel tonó de voz tan particular de él, tranquilo pero haciéndose escuchar - Dará una fiesta y todo el mundo sabe que a vuestro hermano le gusta bailar y disfrutar del espectáculo.

- Bien - Phillippe solo movió su cabeza mientras que Porthos sacaba de una bolsa de cuero unos zapatos, una réplica de los que usaba Luis - ¿Tengo que usar eso? - la cara de futuro monarca lo decía todo, no le gustaba aquello.

- Si, son ridículos pero es el último grito de la moda en Paris - se rio el caballero Du-Vallon acercándose al muchacho para ayudarlo con los zapatos.

- Me gustaría ayudarles - la reina madre hablo con su suave voz

Él conde se irguió y miro a la soberana. Por unos segundos se quedó inmóvil hasta que movió la cabeza y camino con paso lentos hacia ella.

- Será un placer contar con vuestra ayuda - Athos miró a Phillippe y estiro la mano hacia la reina Anne con mucha delicadeza - este es nuestro salón para bailar así que presta atención, primero lo hare yo y luego lo hará usted Phillippe

El joven muchacho miró a su maestro en ese momento quien estaba junto a su madre, se concentró en seguir cada movimiento. Las manos no se tocaban. La pareja bailaba con una música imaginaria y la verdad era que no necesitaban ningún acompañamiento instrumental. Ellos tenían la gracia suficiente en aquella danza para que la música se pudiera imaginar por si sola. Mantenían su distancia y las palmas estaban a centímetros una de la otra mientras que mantenían sus ojos fijos uno en el otro. Los pasos eran lentos y llenos de gracia.

- ¿Crees que puedes imitar esto antes de que empecemos con las vueltas? - pregunto el conde luego de saludar a su pareja de baile.

- Si - contesto Phillippe parándose de la silla en la que había visto todo, camino hacia el centro de la pista de baile y saludo a la reina madre antes de imitar la postura de su profesor.

Los pasos se escucharon en la escalera y todos en la sala se dieron vuelta para ver que D'artagnan bajaba con cuidado pero con su porte de siempre. Llevaba de nuevo su uniforme habitual con aquel sombrero negro de pluma roja que adornaba tan bien. Ya estaba listo para partir

Du-Vallon camino esperándolo en el último escalón y lo abrazo con fuerza, el mosquetero cerro los ojos sintiendo nuevamente la opresión

- Nos veremos en unos días - dijo D'artagnan casi sin poder hablar - no hace falta que me quites la costilla la necesito

- Es solo un abrazo - susurro Du-Vallon con una risa estridente

- Si todo sale bien nos veremos en el palacio pronto - hablo el capitán mirando a todos y le guiño un ojo a su hijo - Aprenderás mucho con ellos solo presta atención y todo saldrá bien. Lo prometo - la vista del hombre del pelo entrecano se fijó en los ojos azules de su reina e hizo saludo pequeño. Algo que hacía en el palacio, una especia de clave que tenían entre ellos. - Prosigan que el tiempo es oro.

- Cuídate mozalbete – Du-Vallon le palmeo la espalda y el mosquetero asintió con la cabeza.
Afuera seguía lloviendo con fuerza pero eso no asustaba a D'artagnan, para él aquello era normal. No iba a ser ni la primera y menos sería la última vez que se montaba a caballo por una tormenta así.

- Siempre

Se escuchó el cierre de la puerta y la figura del mosquetero se vio bajo la lluvia, se había colocado una capa negra para que impidiera que la lluvia empapara su ropa.

El conde miro a su amigo y salió afuera de la casa para alcanzarlo antes de que partiera.

- Gascón - llamó Athos a su compañero de espada

El mosquetero se giró sobre su talones tomando su sombrero con firmeza para que el viento no se lo llevara mientras veía como Aramis venía a despedirse seguido de Helena.

- ¿Que ocurre señor Conde?

- ¿Estás seguro que puedes montar? Tu pie aún no está en condición para soportar mucho esfuerzo - la voz del señor de La Fere sonó con bastante preocupación – Podemos conseguir un carruaje si es necesario.

- Podría estar mejor mañana, no hay duda en eso pero tengo que estar allá cuanto antes. Hasta que no vea que Phillippe o Luis estén bien no voy a dejar que mis lesiones nos estropeen el plan. - el mosquetero hablo con mucha tranquilidad y se sonrió de costado - Tú eres el más inteligente de aquí y sabes que nada puede fallar. – apretó ligeramente el hombro de su amigo. – el carruaje es para su majestad o en efecto para Aramis. Yo aún puedo montar.

- Lo sé - el conde alzo la mano para golpear amistosamente la mejilla del capitán - No te esfuerces demasiado no eres tan joven como pareces, cuidaremos a Phillippe, sabes que lo haremos.

- Gracias - D'artagnan se acercó a Athos para darle un abrazo - mi palabra aún sigue en pie traeré a Raúl de vuelta mientras intenta no pelearte con...Aramis y su amiga.

- No prometo nada...

- Luego de que todo pase puedes hacer lo que quieras ahora ven ayudarme a montar.

Athos con cuidado ayudo a que D'artagnan tuviera el impulso necesario para poder montar y luego lo saludo golpeando el muslo de su amigo antes de adentrarse de nuevo en la casa en donde las clases para Phillippe iban a seguir, hoy era un día muy largo y aún quedaba la clase de etiqueta para el futuro monarca.

- Capitán - el obispo traía con él una adicional para la montura del caballo y Helena con cuidado una bandeja tapada - Seguramente tendrás hambre en algún momento, detente en algún lado para que el caballo descanse y tú puedas comer algo - dijo esto el hombre colocando algo a la montura y luego introduciendo panes en uno de los bolsillos que tenía para guardar la montura. - Mañana en la noche estaremos nosotros, nos podremos en contacto contigo apenas estemos en Paris.

- Gracias Obispo sea cual sea mi destino en la corta os ayudare - el mosquetero miró a Helena y tomo el borde de su sombrero para saludarla - Gracias bella Helena a usted también por el pan, lo comeré cuando me resguarde de la lluvia, ahora si me disculpan me marcho. Hasta pronto.

El mosquetero escuchó las voces altas tanto de su amigo como de la mujer despidiéndose de él. El caballo galopaba con mucha rapidez, Aramis no se había equivocado, no era su caballo pero este era tan rápido como su hermoso Hércules de pelaje blanco.

Las horas fueron pasando, mientras que el capitán se iba alejando cada vez más del escondite de sus amigos. Ellos estaban ayudando a su hijo, y no tenía duda de que Phillippe era el gran rey que Francia necesitaba en aquel momento. En su corazón sentía tristeza al pensar en Luis y aquel futuro que le esperaba, pero ahora tenía que preocuparse por su otro hijo, en Phillippe y en que todo iba a salir bien. Sus pensamientos al igual que la lluvia parecían que no iban a parar en ningún momento.

Luego de que la noche se hiciera dueña de su camino decidió que era hora de parar. La lluvia ya no era tan molesta y a lo lejos se podía ver más casas, estaba cerca de un pueblo pero no podía entrar en ninguna taberna. Estaba a un par de horas de Paris por lo que no podía arriesgarse a que alguien lo descubriera. Si el rey había mandado por su captura lo más probable era que estuvieran detrás de él.

Ató el caballo a la rama de un árbol y se sentó a los pies de aquel, en sus manos estaba el pan algo húmedo pero tenía hambre y ya no era joven. D'artagnan recordó cuando había tenido que ir corriendo hacia Inglaterra por lo herretes de la reina, un gran viaje en el que prácticamente no había dormido, ni descansado, había reventado a su caballo, había perdido a sus amigos en el camino pero él solo seguía hacia adelante. Ahora no era un héroe, ya no tenía la edad para jugar a ser un caballero con su hermosa armadura a la espera de rescatar a una hermosa joven. No, ahora prefería su vida más tranquila, extrañaba la adrenalina, ser el guardián del rey tenía su toque de presión y siempre estaba alerta pero ahora no era como antes.

Respiro profundamente dejando caer la cabeza contra el tronco del árbol dejando que algunas gotas de agua mojaran su rostro. Podía quedarse a dormir ahí mismo e iba hacer como dormir en el mismo paraíso, eso no lo había perdido, aun dormía como un joven muchacho en cualquier lado.

Mientras él y su ahora caballo descansaban escucho pasar un carruaje, la curiosidad hizo que parara para poder verlo mejor. Una sonrisa cruzo el rostro del mosquetero. Su vista no se había equivocado era el carruaje de la reina. Quizás los caballos no eran los mismo, pero el emblema dorado de la puerta decía mucho para él que conocía tan bien cada cosa del palacio.

D'artagnan se apresuró para desatar a su caballo y como si su juventud hubiese vuelto a él se montó al caballo de un salto. Sabía que un corcel cortar cuatro no podía hacer mucho así que decidió por tomar un camino entre los árboles que costeaban el camino principal. Los ojos azules del mosquetero en ningún momento habían perdido de vista su objetivo. Después de todo seguía haciendo su trabajo, cuidaba a la reina.

El galope del caballo no disminuyo en ningún momento pero de un momento a otro escucho ruidos en el bosque que no provenían de ningún animal. Cerro sus ojos para poder concentrarse y escuchar mejor, hizo que su caballo se detuviera y fue en aquel momento en que pudo escuchar los cascos de otros caballos, tenían compañía.

El mosquetero se sumergió en la parte más oscura del bosque mientras cargaba su pistola y vio a escasos metros como el carruaje era detenido por un par de bandidos. D'artagnan sacudió la cabeza, era sabido por cualquier noble que andar por el bosque sin escolta era sinónimo de querer ser robado. ¿Cómo Aramis no había pensando en eso?

- Si cooperan nadie saldrá lastimado - se escuchó una de las voces, una voz gruesa que hablaba prácticamente gritando

- Pero ¿Que...? - vio la cabeza rubia de Madame de Chevreuse y el otro hombre que se mantenía en silencio coloco su pistola delante de la mujer. Por mucho que le gustase la idea al mosquetero de que le dieran un buen susto a aquella mujer lo mejor era que fuera a su rescate, se bajó del caballo y poco a poco se fue acercando al carruaje.

- Entréguenos las joyas Madame - ordeno el ladrón, por lo visto no se habían dado cuenta del escudo así que eso tranquilizo al mosquetero

- Pero usted no puede, como se atreve a asaltarnos...

- ¿Quién lo dice? Nadie Madame y me temo que está sola, así que o coopera o no llegara a destino

- Si eso pasa usted estará metido en graves problemas, no puede asaltarnos

- ¿Asaltarnos? - el hombre estiro su mano para correr la cortina del vehículo y vio que efectivamente no tenían a una sola victima sino que la mujer estaba acompañada por otra pero él ignoraba que le estaba robando a la reina madre por lo que miro a su compañero con una gran sonrisa - Hey Jean tenemos mucha suerte
  
- ¿Si?

- Si podríamos secuéstralas, nos darán más plata ya que se ve que no tienen mucho aquí pero seguramente en sus tierras si

- Tienes razón Pierre pero ¿Qué hago con el cochero?

- Mátalo no nos sirve

Se escuchó el disparo y D'artagnan vio como el cochero ya anciano caía en el piso inmóvil. Los gritos de las mujeres se oyeron en conjunto con un trueno que asusto a los caballos.

- Pueden gritar lo que quieran, estamos solos, el próximo pueblo está a una hora de aquí y el camino esta desierto.

- No nos haga daño señor.- Suplico Ana de Austria - les puedo prometer que si nos dejan serán bien recomenzados.

- Shhh tranquilas – ordeno el hombre sin siquiera mirar a su majestad.

- Yo iré con ellas, tú conduce el carruaje.

- ¿Y los caballos?

- Átalos aún hay espacio para ellos

Ambos hombres se bajaron de sus caballos, uno de ellos camino hacia el frente para poder acomodar a los caballos al carruaje mientras que el otro hombre comenzó a caminar hacia la puerta de entrada del carruaje.

D'artagnan se acomodó con mucho cuidado calculando la distancia que había para dar un tiro certero. Cuando el ladrón abrió la puerta, así como lo hizo cayó muerto en el suelo.

- ¿Pierre?

El mosquetero se movió en la oscuridad mientras veía como uno de los caballos salía corriendo en dirección desconocida. Pierre yacía muerto y su amigo Jean asustado camino hacia el carruaje con paso temeroso.

- ¿Pierre? ¿Qué hicieron? - el ladrón miró a su compañero para darse cuenta que el tiro había salido por el pecho de su amigo, eso quería decir que no estaban solos. - ¿Quien está ahí? - Jean aunque su voz gruesa parecía segura la mano que tomaba la pistola temblaba - Hable

El mosquetero se movió y tiro una piedra cerca del hombre, logró lo que quería Jean se había asustado tanto que disparo sin darle a nada, ni siquiera a donde estaba la piedra.

D'artagnan desde la distancia impresiono al joven ladrón. Estaba limpio solo tenía una espada pero eso contra él no era nada.

- Si sueltas la espada y te echas a correr hacia el bosque te perdono la vida

Jean sentía que sus piernas no respondían, lo cual hizo que el mosquetero se moviera de su lugar caminando con lentitud hacia la carretera dejando ver su cuerpo mientras que ocultaba su rostro bajo el ala de su sombrero

- ¿Has escuchado el nombre de Hermes?

- No señor - Jean comenzó a dar pasos hacia atrás con cuidado dejando caer su espada. El mosquetero comenzó a caminar hacia él y el ladrón caminaba hacia atrás

- Soy Hermes Dios de los caminos y ladrones; y si no corres te enviare al mundo de Hades

D'artagnan se rio estridentemente y acompañado por el mismo Zeus un trueno cayo en la tierra, lo cual hizo que Jean no dudara si aquello era verdad o no y se echó a correr sin mirar hacia atrás.
El mosquetero dejo aquella risa estridente y macabra para comenzar a reírse muy divertido por aquella imagen, ya le estaba doliendo una de las costillas. El pobre Jean iba a estar asustado por los próximos días.

- En fin - suspiro para poder volver a su temple habitual y cuando se giró vio que una espada le apuntaba a la altura del pecho. El mosquetero ladeo la cabeza tomando la punta de la espada con sus dedos sin tener miedo de lastimarse - Madame Chevreuse, por favor ya no tengo más cartas en la manga para asustarla a usted también - el hombre se quitó el sombrero y se desabrocho un poco la capa para dejar ver que se trababa de él.

- D'artagnan - la voz de Anne se escuchó con mucho alivio

- Su majestad no debería estar sola por estos lugares, ya vio que puede pasar este tipo de cosas - el mosquetero hizo una reverencia - Chevreuse entra al carruaje, yo lo condujere hasta el palacio.

- Gracias a Dios o quien sea que llegaste sino...- la ex dama de compañía entro en carruaje

- Gracias a Dios madame, gracias a él - la verdad era que D'artagnan no era muy creyente quizás porque sabía que se iría al infierno o porque Bazin le vivía diciendo hijo de Satanás pero sabía que Ana de Austria era muy creyente por lo que él creía en lo que ella creía.

El mosquetero dejo escapar uno de los caballos y tomo el que le había prestado Aramis para amárralos y ponerlo como guía, se subió en la parte del frente del vehículo y sin más condujo hacia el palacio.

Con dos caballos de más y aunque se había desviado para dejar a Madame de Chevreuse a las afueras de Paris en Saint Germain, D'artagnan junto a Ana de Austria habían llegado al palacio cerca de la media noche.

Con mucho cuidado el gascón bajo del carruaje y abrió la puerta para que la reina pudiera descender con la clase con la que ella acostumbraba hacerlo.

Los guardias al reconocer a su señora hicieron la reverencia habitual con mucho respeto y uno de ellos entro corriendo al palacio para dar aviso al rey mientras su majestad acompañada por el capitán a una distancia considerable subía los escalones de la entrada del palacio.

Luis ya estaba avisado por Colbert de la llegada de su madre y el mosquetero por lo que, el pobre guardia al ver al rey casi entrando al palacio solo le quedo hacer una reverencia.

- Sir, su majestad vuestra madre...

- Ha llegado, ya lo sé - Luis hizo un gesto con la mano y se acomodó en la puerta mirando como arribaba la reina madre y atrás D'artagnan quien estaba totalmente mojado y claramente cojeando de una de sus piernas. - Madre pensé que llegarías en unos días más ¿Qué ha pasado? ¿Saint Germain no ha sido de vuestro agrado?

- El clima no ha sido el mejor pero espero volver pronto majestad.

- Que lamentable - Luis simulo cierto grado de fastidio - pero veo que te has encontrado con M. D'artagnan en la puerta. Pensé que aún estaba convaleciente - el soberano miró a su leal servidor de arriba abajo como si lo inspeccionara

El mosquetero sintió levemente que su corazón se aceleraba, era bueno mintiendo pero no sabía que tan bueno podría ser con Luis.

- Por suerte hijo me lo he encontrado en el camino - intervino la reina madre

- ¿En el camino? - Luis enarco una de sus cejas mirando con intensidad al mosquetero - Pensé que los fugitivos estaban en dirección contraria a Saint Germain. - el rey miro a Colbert y luego al mosquetero con sus cejas bien enarcadas. Él se estaba inquietando y eso no era nada bueno.

- No majestad, la emboscada fue a la salida de Saint Germain más o menos. En un pueblo cercano.- se apuró a explicar el gascón

- Colbert no tienes buenos informantes, has oído cerca de Saint Germain - el rey dio un suspiro de fastidio y miró con desdén a su ministro - Pero bueno mi madre ha dicho que se han encontrado en el camino ¿Verdad?

- Si su majestad - el mosquetero solo hizo un gesto con la cabeza.

- D'artagnan es muy modesto al no decir lo que ha pasado pero, unos bandidos me quisieron asaltar y gracias a Dios que envió a nuestro capitán de los mosqueteros a salvarme sino no estaría aquí contigo hijo mío. – Ana de Austria hablo con tranquilidad simulada mientras agarraba del brazo de su hijo

- Que suerte para su majestad que justo pasara M. D'artagnan por ahí - dijo Colbert fingiendo con su voz un tono de sorpresa

- Dios lo ha enviado M. Colbert ¿A caso lo duda? - interrogo la reina de Francia mirando al ministro con firmeza. Cuando la reina madre quería podía hacer temblar a cualquier hombre.

- No por favor. Yo...- Colbert titubeo por un momento - Lo siento majestad, estoy seguro que como usted ha dicho Dios lo ha enviado y lo ha devuelto al lado del rey. Toda Francia sabe lo leal que nuestro capitán, nunca sería capaz de traicionar al rey.

- Por supuesto que no - Luis sonrió ampliamente mientras miraba primero a su madre y luego al mosquetero - Ha sido un fiel servidor de mi padre y no me cambiaria a mí por sus amigos ¿Verdad M. D'artagnan?

- Verdad sire, he jurado dar mi vida por usted y lo hare - el mosquetero se inclinó mirando hacia el suelo. No era solo una reverencia sino que el mosquetero intentaba ocultar sus ojos mientras tensaba la mandíbula.

- ¿Sabe capitán? Colbert quería vuestra cabeza - dijo Luis con una sonrisa algo malévola soltándose del agarre de su madre para acercarse a su leal servidor - Juraba que habías ido con vuestros amigos pero ve Colbert te has equivocado, aquí lo tenemos tan leal como siempre - el joven monarca seguía con aquella sonrisa triunfante mirando al ministro quien hubiese preferido no haberse equivocado con el mosquetero o por lo menos no quedar en ridículo con el rey frente a todos - Dado que todos están aquí, les informare que mañana viajaremos a Vaux ...- Luis palmeo el hombro de su capitán y se giró sobre sus talones para retirarse hacia las escalares que lo llevaban nuevamente hacia sus habitaciones. - D'artagnan quiero que prepares a los mosqueteros que viajaran con nosotros y madre descansa porque le he dicho a M. Foquet que irías con nosotros.

Luis abandono la entrada y Colbert se disculpó con los presentes para poder salir de su vergüenza y calmarse en otra parte del palacio. Marguerite y Estela aparecieron apenas el ministro se hubiese desaparecido. El mosquetero y la reina madre solo se despidieron con una mirada. D'artagnan se sentía agotado físicamente, mentalmente pero antes de irse a dormir envió una carta a sus amigos avisando de los cambios... el plan se llevaría en Vaux