lunes, 19 de agosto de 2013

Capitulo X: Las Cartas

Mientras que los mosqueteros estaban en su trabajo de entrenar a Phillippe en la capital francesa, se encontraba su majestad el rey Luis XIV en el comedor principal acompañado por sus asesores reales y ambas reinas, todos reunidos para el tomar el desayuno.

Como era de costumbre cuando el joven monarca estaba molesto comía en un total silencio que  demostraba lo irritado que se hallaba. 

Su nivel de paciencia que era escaso se estaba acabando con cada día que pasaba.

-¿Hay alguna novedad sobre D'artagnan? - preguntó el rey mirando a sus asesores reales.

- No su majestad, no hemos podido saber nada sobre él - contesto Fouquet en tono apenas audible

- Yo creo que no volverá, el capitán seguramente está con sus viejos amigos – habló Colbert con aquel tono de voz que dejaba ver el nivel de ponzoña que acompañaba a sus palabras.

En aquel momento se creó un silencio incomodo entre los presentes, las puertas del gran comedor se abrieron dejando entrar aquel muchacho desgarbado que recién arribaba al palacio real con gran apremio.

El rey alzó la vista mostrando que la cólera comenzaba hacer estragos, sus ojos con aquel azul penetrante se comían al joven con la vista.  Ya ni siquiera podía desayunar tranquilo porque los sirvientes no sabían cómo debían comportarse.
- Nadie entra al comedor cuando yo estoy desayunando sin permiso - basto que alzara una de sus manos para que dos mosqueteros jóvenes se colocarán al lado del muchacho.
Jonathan nervioso los evadió dando un paso hacia adelante sintiendo como su corazón comenzaba a salirse del pecho. No importaba como pero tenía que entregar las cartas dadas por el señor D’artagnan.

- Lamento la interrupción su majestad pero el  Monsieur D'artagnan me ha enviado con estrictas ordenes de que os entregue esto solo a usted - el joven sin pensarlo dios varios pasos hasta llegar a los pies del rey y echo la rodilla al suelo entregando la carta con el listón rojo.

Luis mirando con cierto grado de desdén al joven, le arranco el mensaje de las manos y al ver que Colbert se paraba se la entregó sin darle tiempo de hablar.

- Léela con vos alta y clara - ordenó el rey sentándose nuevamente en la mesa con aire de superioridad

Colbert tosió para limpiar su garganta y luego lleno sus pulmones con aire.
Esperaba que fueran las noticias que él esperaba porque solo le faltaba otra pisada en falso del mosquetero para poder lograr que el rey lo expulsara de su lado.

- " Su majestad:
Os pido que me perdone por haber dejado mí puesto sin previo aviso pero la verdad es que no podía perder tiempo dejando mis explicaciones por escritas ni tampoco usando un mensajero pero me urgía salir sin ser visto del palacio. Su majestad me ha pedido que buscara a los señores De La Fere, Du Vallon y el Obispo de Vannes. Los he encontrado para la alegría de su magnificencia. Lamento si obre mal al no mencionar que estaba en misión de buscarlos y cazarlos para vuestra majestad pero tal fue la falta que he cometido que Dios todo poderoso me ha castigado antes que su grandeza. Los hombres que he mencionado en esta carta se han escapado de mis manos y cuanto pueda volveré al palacio, y digo pueda porque ellos me han tendido una trampa dejándome postrado en una cama por una herida de bala en la pierna, volveré al Palacio para pedir el perdón de su majestad y si es necesario dejaré mi espada si a si el rey lo desea."

- firmado por Charles D’artagnan, Capitán de los mosqueteros de su majestad. - concluyo de leer Colbert - Puede ser que sea una trampa.

El superintendente y la reina madre miraron al ministro Colbert con mala cara.
Fouquet era allegado del obispo de Vannes, y sabía de la reputación de D'artagnan, fuera como fueran la situación el gascón era el capitán  de los mosqueteros y no pondría la vida de su rey en peligro. Por mucho que estuviera con el sacerdote, el mosquetero era de fiar. Por su parte la reina madre sabía que D’artagnan no sería capaz de matar a sus amigos aunque Luis lo quisiera y si había ido con ellos todo esto era simplemente un mal entendido.

- Yo creo que el caballero D’artagnan quiso hacerle un regalo a su majestad y que no ha salido del todo bien. Cuando vuelva a reunirse con nosotros sabremos toda la verdad. -Fouquet miró hacia el joven y le hizo un gesto con la cabeza para que se acercara a ellos.- Describamos como es el hombre que te ha dado la carta.

Jonathan al tener la vista de todos sobre él se irguió inflando el pecho y se tomó unos segundos para poder poner su cabeza en orden. No podía fallar en aquello sino el caballero de Harbley lo colgaría y aún le quedaba una carta que entregar.

- Él hombre que me ha dado la carta tiene el pelo entrecano más o menos hasta lo hombros, usa bigote y el color de sus ojos es verde azulado sino me equivoco. Tiene una nariz aguileña y se ve un hombre bastante corpulento aunque a decir verdad lo vi tan solo unos minutos y él se encontraba en la cama por lo de la herida. - Jonathan remarcó aquello para darle más credibilidad a las palabras de D'artagnan. Esperaba que aquello lo ayudara o si no iba a perder la cabeza fuera de un lado u otro.

- Esta bien - dijo el rey con un poco de impaciencia - puedes retirarte si no tienes nada más que decir  - le ordeno haciendo un gesto con una de sus manos. – El resto también se puede retirar, ya no tengo apetito.

Luis se levantó de su asiento y en pocos segundos había abandonado el gran comedor con todo su sequito.

En aquel momento en que él joven estaba por abandonar la habitación vio que detrás de su majestad la reina madre caminaba una señora entrada en años y que además vestía los hábitos negros descriptos por el capitán. Sin duda era a quien debía de entregarle la segunda carta.
Con bastante discreción, se retiró hacía un costado y una vez que salió de la habitación  espero pacientemente a que la reina madre pasara por delante de él para comenzar a seguirla.
Ana de Austria salió por la puerta principal para tomar el camino que era habitual para ir hacia la capilla. 

Jonathan apuro el paso dejando unos cuantos de distancia para caminar detrás de las mujeres hasta poder ver el momento oportuno y así poder entrar la carta que le faltaba.

- Discúlpeme ¿Usted es la señora Estela?  - preguntó el muchacho colocándose casi al costado de la reina madre y al ver que la monja movía levemente la cabeza bajo la atenta mirada de su soberana. - El capitán me dio esto para usted - el muchacho hizo una reverencia cuando sintió que Ana de Austria lo estaba mirando. Sentía como las orejas le hervían.

- ¿Él se la entrego? - interrogo la reina madre usando su habitual tono neutral.

- Si su majestad, anoche me la entrego junto a la que iba dirigida para el rey. – contesto algo nervioso el joven mensajero.

- ¿Y puedes decirme dónde se encuentra? – los ojos azules de la reina madre eran bien intensos 
Jonathan dudo varios segundos sin atreverse a levantar la vista pero opto por negar con la cabeza. No podía poner en peligro el plan del caballero Harbley ni tampoco sabía que contenía aquella carta así que prefería quedarse callado por el bien de todos.

- Lo lamento su majestad pero me lo tiene prohibido, si fuera por mí se lo diría pero no puedo. Monsieur D'artagnan dijo que volvería lo antes posible y seguramente dirá donde estuvo. Discúlpeme – contesto en voz alta el joven excusándose lo más que podía

Ana de Austria pudo ver que el muchacho no mentía y a pesar de que ella era la reina de Francia no podía seguir haciendo más preguntas. No era seguro con tantos odios escuchando por ahí.
- Gracias

La reina madre luego de alejarse del muchacho, al cual no le daban las piernas para salir rápidamente de aquel palacio  y ponerse nuevamente en camino hacía el monasterio de los Jesuitas. , volvió a su recamara olvidándose por completo de su habitual recorrido hacia la capilla para su rezo matutino.
Con la carta entre sus manos se sentó en el borde de la cama una vez que Estela la hubiese dejado sola y abrió la carta para leer las siguientes líneas escritas por el mosquetero.

"Querida Anne:
A pesar que tenga muchas palabras en estos momentos en mi cabeza para decirte simplemente os diré lo esencial.
Todo lo que le he escrito al rey es falso pero no puedo decir realmente toda la verdad.
 He encontrado con la ayuda de Dios a mis amigos y no me han lastimado. Como sospechaba gracias a tu confesión, Phillippe se encuentra con ellos. Es un niño bastante especial, he podido hablar y ver en su corazón que es pura bondad. Es muy diferente a su hermano. A pesar de su desgracia  no guarda ningún tipo rencor a su hermano o para el mundo sino todo lo contrario. Solo quiere ayudar a Francia aunque eso le dé un poco de miedo.
En cuanto pueda volver al palacio lo hare mientras tanto aprovechare el tiempo que tenga con Phillippe para seguir compartiendo mi tiempo con él aunque siendo totalmente sincero cambiaría todo lo que me queda de vida para poder quedarme aquí solo con él.
C.D”
Ana de Austria cerró la carta con una de sus manos arrugándola con fuerza mientras las lágrimas brotaban de sus ojos. 

La felicidad embriagaba a su corazón por parte, su hijo, aquel hijo desterrado de su vida ahora estaba libre disfrutando de aquello que le habían negado durante tanto tiempo. Pero por otra parte, su otra parte del corazón se encontraba desilusionado, había esperado palabras tiernas del mosquetero. Intentaba entenderlo, seguramente el hombre estaría aun molesto por aquel secreto.
La reina madre sintió una mano sobre su hombro

- Las lágrimas de una reina no son bien vista, no debe llorar su majestad - la voz dulce de una mujer se hizo eco en la solitaria habitación de Ana de Austria.

Lo que más había llamado la atención a la reina era que la voz no pertenecía a Estela sino que era de alguien que hacía demasiados años que la infanta de España no veía.
La capucha fue retirada de la cabeza revelando la identidad de quien segundos antes había intentado animar a Ana de Austria.

La reina madre se quedó inmóvil sin saber que decir. Hacia tanto tiempo ya que no veía un rostro amigo del pasado que se sentía un tanto choqueada por la situación.

- ¿Qué haces tú aquí? Si mi hijo se entera que estas aquí, yo no...- la reina no pudo seguir con la frase ya que la mujer se llevó uno de sus dedos a los labios pidiendo que bajara la voz.

- Es simple Ana, siempre se cuándo su majestad necesita de mí  y no me he equivocado, he llegado en el momento oportuno en cuanto al rey. Su majestad está muy ocupado con sus consejeros - la duquesa tomó de los dedos de la reina la carta del mosquetero y sintió que había rejuvenecido unos veinte años más o menos en cuestión de segundos.- Las cartas siempre son un problema para las damas y en especial para las reinas. A de más… - dijo la poseedora de la carta en aquel momento – siempre saben cómo hacer llorar a una reina.

La duquesa comenzó por inspeccionar la carta, era difícil saber quién era el remitente porque no poseía ningún tipo de sello, ni nada que pudiera dar indicios del escritor a simple vista, por lo que la antigua dama de compañía de la reina comenzó por desdoblar el papel.

- Chevreuse no te atrevas a abrirla  - bramó la reina estirando la mano y parándose de la cama para poder quitarle la epístola rápidamente de la mano de su antigua amiga.

- Como desee su majestad - la mujer se sentó en un sillón frente a la soberana con una sonrisa traviesa en los labios - pero no me moveré de aquí hasta que me digas el porqué de vuestras lágrimas.

Ana de Austria al tener la carta entre sus manos comenzó a caminar hacia su tocador. La guardo en un cajón y  a través del espejo miró a la duquesa con bastante sorpresa. Hacía ya demasiado tiempo que estaba sola en aquel palacio que las muestras de amistad era muy difícil de ver a buenas y primeras.

- Es un asunto personal -  la reina levanto la cabeza para no ver nada más que el decorado de la habitación y así ocultar cualquier tipo de verdad en sus ojos.

- Vamos querida mía - dijo Chevreuse en un perfecto español - os conozco desde que eras la joven reina de Francia y se perfectamente que ocultas algo.- hizo una pequeña pausa sin dejar de sonreír -  pero como yo ya lo sé no te pondré entre la espada y la pared amiga  - la duquesa se paró de su asiento para acercarse hacia la infanta de España - se perfectamente quien escribió la carta y si yo fuera tú en vez de guardarla bajo siete llaves la quemaría en el fuego como lo has hecho con otras cartas.

La reina madre se giró abruptamente sobre sus talones para ver directamente a los ojos de su amiga. Ana de Austria no era de mostrar sus sentimientos, no a esta edad luego de haber pasado tantas situaciones en su vida pero estaba muy sorprendida por todo.

- Ana - hablo la duquesa con suave y dulce voz - se perfectamente que la carta proviene de Monsieur D'artagnan. No importa cómo es que lo sé. – La antigua dama de compañía camino lentamente hacia el tocador - Toda mi vida he pensado que seguirías unida a él y a pesar de que te lo he dicho una y mil veces te lo volveré a decir, ese hombre no es para usted. A de más hay que decir que individuo que sale corriendo de la corte sin avisarle al rey, tiene suerte de tener aun la cabeza sobre los hombros porque es bien estúpido

- ¿Cómo puedes decir eso Chevreuse? Si ha tenido que desaparecer es debido a que tiene asuntos importantes para atender. D'artagnan es un hombre que ha demostrado que puede estar a la altura de cualquier de cualquiera. – defendió la reina al mosquetero. 

- Perdóneme su majestad le he tocado a su capitán – Chevreuse apoyo la espalda sobre la pared que se encontraba al lado del tocador – aun le amas por lo visto pero no tienen la suficiente confianza pasa saber realmente donde esta ¿No es así?- la mujer volver hacer un largo silencio -  Si mis pensamientos son correctos ¿Al capitán le has dicho algo sobre...? - la duquesa miró a los ojos a la reina por unos minutos manteniéndose en silencio y luego sonrío - El padre se ha enterado de que ahora hay dos y a huido

- D'artagnan  no huyo, él simplemente fue a buscar a Phillippe y….- Ana de Austria estaba lista para volver a defender al mosquetero con bastante vehemencia

- Lo encontró - termino la frase Chevreuse y se volvió a sentar pero esta vez a los pies de la cama extendiendo sus manos hacia la reina - No os enojéis conmigo Ana, no hace falta que me mires con recelo por haber tocado a Monsieur D'artagnan. Sé que es un leal amigo de Aramis y que están todos reunidos.

- ¿El obispo de Vannes os envió a espiarme Chevreuse?  - la reina madre avanzo por la habitación con aquella mirada fuerte y decidida en sus ojos. Dos mares azules miraban a la duquesa.

- Si, no lo voy a negar que él señor obispo me envió al palacio con un objetivo pero no el de espiarte su majestad. Aún a pesar del destierro y que tenga que moverme en París como si tuviera la peste, os vengo a cuidar Ana. Monsieur D'artagnan le ha contado sobre vuestros asuntos a sus amigos y necesitas ayuda tal como él la necesita de sus amigos - la duquesa se paró para besar una de las manos de la reina madre cuando esta estuvo a centímetros de distancia - sin rencores amiga,  el tiempo de Mazarino ha terminado y si Dios quiere y la suerte no os acompaña todos estaremos mejor con el nuevo rey.

Se hizo un pequeño silencio entre las damas. 

Aquellas palabras habían calado en los recuerdos de la reina madre. Tantos años y rumores habían corrido en aquellos años de oscuridad para Francia y su corte. La fronda era un mal recuerdo para española a pesar del agridulce recuerdo del difunto cardenal italiano.

Ana de Austria sacudió su cabeza para alejar aquellos pensamientos de su cabeza y tomando papel y pluma escribió unas cuantas palabras en una hoja de papel en blanco.

- Entonces querida duquesa si es que estas aquí para ayudarme y si ese es vuestro deseo quiero que le entregues esta carta a Monsieur D'artagnan cuando vuelvas a ver al obispo de Vannes.
La duquesa le sonrió a su amiga con una sonrisa amplia y con aquel brillo de picardía en los ojos.

- Mañana mismo el capitán tendrá vuestra carta en sus manos