lunes, 12 de agosto de 2013

Capitulo VI: Reflexiones de M. D'artagnan

 Reflexiones de M. D'artagnan

La cena que se había llevado a cabo en la casa central de aquella comunidad jesuita fue  rápida y en paz.
El aire que se respiraba era totalmente armonioso entre los comensales, nada que ver con la intensidad con la que se habían reencontrado aquel mismo día. La venganza y la desconfianza se había esfumado totalmente entre aquellos viejos amigos. 

El vino y la buena vibra los había transportado a los viejos tiempos en los que luchaban hombro a hombro por una Francia mejor, por ideales de juventud y porque la recompensa no se pesaba en oro sino en momentos de adrenalina. 

Porthos se encontraba muy feliz no solo por las botellas de Oporto que había consumido sino porque la felicidad se había apoderado de su cuerpo y ahora sentía que tenía objetivo para pelear, en cuestión de horas había dejado de ser un hombre viejo y resignado que se limitaba a esperar la muerte. Ahora sentía que era capaz de ganar una guerra él solo.

Por su parte Aramis a pesar de que estaba aún neurótico por las noticias que lo rodeaban, por planes que iban y venían por su cabeza se tomó aquella noche para relajarse y disfrutar de la compañía de sus amigos, solo sería esta noche porque mañana apenas saliera el sol ya estaría reacomodado de nuevo su plan para sentar a Phillippe en el trono de Luis. 

Por otro lado estaba el conde de La Fere quien intervenía en las conversaciones de Porthos, pero también ayudaba al gascón a que se relajara con hijo. Athos seguía pensando en Raúl por lo que pretendía que su mejor amigo disfrutara de cada segundo como padre porque el tiempo era algo extraño que se escapaba de las manos la mayoría de las veces. Ahora sabiendo la verdad y viendo todo en retrospectiva D’artagnan no sabía cómo ser padre y necesitaba tanta ayuda como la de Phillippe para aprender cómo ser rey. El conde sabía que Raúl no volvería pero tenía que vivir para que su muerte no fuera en vano.



- Con su permiso - dijo el mosquetero luego de haber escuchado el final de una anécdota del señor Du-Vallon  - voy estirar las piernas, es la costumbre que tengo después de comer y luego de un largo día arriba del caballo lo necesito  - el mosquetero no permitió que ningún hombre de aquella sala lo acompañara  sino que con un pequeño movimiento con la cabeza a modo de reverencia dio a entender que quería estar solo.

-De acuerdo, pero antes de irnos a dormir necesito que hablemos algo del plan – respondió Aramis agarrando el vaso con vino 

-Volveré pronto – contesto el gascón y se marchó de la manera más elegante que hubiese podido hacer.

Los brazos del gascón se cruzaron por detrás de su espalda mientras caminaba bajo la luz de la luna pensado en todo aquello que le había pasado en su vida.  



Demasiados  acontecimientos habían cambiado su vida desde muy joven. El primer hecho importante y tan radical para él había sido la decisión a ser un mosquetero. Podría haber sido un campesino al igual que su padre pero no, al escuchar sobre la guerra y de aquellos hombres que servían a la patria, a la tierna edad de los seis años había decidido que él iba a ser un mosquetero fuera como fuera. 

La otra gran decisión en su vida ocurrió luego de la muerte de Constanza. El tierno amor de juventud lo había golpeado más de lo que hubiese deseado. La muerte de aquella mujer que amaba como a un devoto ama a la virgen María lo había destruido de una forma que nadie hubiese podido sospechar, hasta aquel día sufría y se culpaba del destino de aquella mujer.




D’artagnan cerró su corazón, el niño y el hombre había muerto a manos de Lady de Winter. Con los años luchaba con su suerte hasta que alguien, alguien inalcanzable le había hecho sentir que no estaba tan muerto como creía. La tercera decisión vino de ese otro y gran amor.
 



A pesar de que su temple con los años lo habían hecho ser duro para que nadie se pudiese dar cuenta que aquel corazón tenía un candado con llave y que aquella llave tenía nombre. No siempre lo había hecho con gran éxito. Quien se acercaba a él sabían que tenía una gran herida. Una herida que el mundo llamaba Constanza pero que él sabía que el nombre era de otra. La llave era de Ana de Austria.


Pero ahora, en aquel momento todo había salido a la luz. Su gran secreto, aquel que había ocultado y luchado durante tanto tiempo era conocido por sus amigos. Besar a Ana de Austria y luego ver a Phillippe había hecho que nuevamente su corazón fuera envestido por aquellos sentimientos que habían estado bajo llave durante tantos años. En tan solo un par de horas veía como su sueño se podía hacer realidad, quizás Ana aun estuviera fuera de su alcance pero podría disfrutar de su hijo como tanto había soñado.


El mosquetero camino en silencio, aunque en su cabeza se podía escuchar más de una voz. Un monologo muy interesante e intenso como los que solía tener D’artagnan cuando se hablaba en la noche.

 Alzo sus ojos azules para ver la magnitud del cielo, del espacio y de las estrellas que parecían pequeñas replicadas de la inmensa luna redonda aunque también se podía apreciar como monedas de plata que adornaban la grandeza del universo.




Se sentó sobre una pequeña roca que se hallaba en la cima del puente que daba al rio y allí con toda la tranquilidad del mundo se desanudo el pañuelo y se acomodó el cinturón para que la espada no chocara contra la tierra. 

Una de sus manos se alzó para ocupar lugar debajo de su barbilla y sus ojos quedaron fijos en el reflejo de la luna en el agua.Era imposible tanta grandeza en una sola imagen

Se peinó el bigote y con la voz casi audible comenzó a decir en voz alta lo que en su menta pasaba.



-Toda mi vida ha estado llena de emociones. De grandes alegrías como de grandes y dolorosas tristezas.- el hombre de pelo entre cano hizo una pausa – Pero…pero sin darme cuenta, queriendo o no queriendo el destino siempre te ha colocado en mi destino.- una sonrisa se formó en sus labios, una sonrisa cálida y genuina - Que irónica es la vida ¿No? Lo digo porque junta aquellos seres que no deberían ni mirarse. Una sola mirada puede desencadenar muchas cosas. Muchas emociones.- se mordió el bigote y se paró de la roca para colocar sus manos dentro de los bolsillos del pantalón si despegar su mirada del agua - Siempre he salido en la defensa de todo y de todos pero no puedo defenderme en estos momentos de ti. Me odio por haber permito que mis ojos se hubiesen atrevido a posarse en ti. Me odio por haber dejado que entraras en mi mente y no echarte. Porque anhelo tu presencia al igual que tu cuerpo – se voltio mirando por arriba de su hombro como si estuviera hablando con alguien y negó con la cabeza - No os culpo por haber hecho estragos en mi corazón pero dime una cosa ¿Cómo lo arreglo ahora? Llevo años intentando arreglar esto. Sé que lo sabes – alzo sus cejas y suspiro - El destino fue el que quiso que estuviéramos juntos. El gran culpable de que cada día que pase me esté muriendo por tenerte entre mis brazos estrechándote contra mi cuerpo. Cambiaría mi espada por una como símbolo de nuestro amor – se volvió a morder el bigote con más emoción y patio una roca hacia el agua con si eso pudiera calmarlo un poco. Como si pudiera estar mas tranquilo asi . Alzo la mirada a punto fijo en la oscuridad - Mientras sangre quede en mis venas y aire en mis pulmones para poder decirte que J'aime lo hare hasta en la eternidad – su mirada volvió a las estrellas – J’aime my lady