martes, 2 de octubre de 2012

El día trae un nuevo aliado

Los rayos del sol habían comenzado a iluminar las chozas de aquella tierra a las afueras de Paris, allí en aquel lugar, se encontraban tres grandes leyendas desayunando.

Cada uno de aquellos hombres había pasado una noche distinta. Porthos con un sueño digno de envidiar, en cuanto él se decidía a dormir, se dormía y no le importaba nada más en el mundo. El obelix podía pasar de estado de ánimos de un momento al otro. Por ejemplo, si hacia escasos minutos atrás se había querido matar todo eso desaparecía en un segundo cuanto apoyaba la cabeza en la almohada, al gran hombre no le importaba nada más que entregarse a Morfeo.

Para el señor de Du-Vallon, el placer de disfrutar del sueño se podía comparar con el de una buena botella de vino.


Por su parte, Aramis no había dormido y seguramente su cabeza no lo haría hasta que no viera Phillippe sentando en el trono de Francia, hasta no verlo ocupar el lugar de Luis, el obispo no iba a dormir nuevamente. Cuando el obispo de Vannes tenía una idea la cabeza nada más importaba que llegar a su meta.

-Hoy comenzaremos con las lecciones de Phillippe – dijo el obispo quitando la vista de unos planos para poder ver al joven, el cual por su parte no tenía muy buena cara aquella mañana – Tenemos muchos trabajo y poco tiempo 

Athos se acercó a la mesa para tomar lugar entre el futuro monarca y el señor de Vannes. Tenía que ayudar a Aramis pero no iba a dejar que las locuras de su amigo amenazaran la vida de un muchacho que nada conocía del mundo exterior. Era un pobre niño al que lo enviaban a la guerra sin saber disparar.

-¿Cuáles son tus planes Aramis? ¿Cómo empezaremos con el entrenamiento? – preguntó el Conde mirando primero al religioso y luego mirar hacia donde se hallaba Porthos, quien realmente estaba bastante reacio a la plática. Su interés en esos momentos eran las muchachas que estaban en aquel lugar para atenderlos.

-Empezaremos por lo más sencillo de todo, Phillippe tiene que aparentar ser Luis. Trabajaremos en sus modales y en su agilidad tanto con la espada como montar a caballo.

-Ó podríamos ir a cazar, hoy se ve un excelente día para cazar – dijo Porthos alejándose de las mujeres para estar más cerca de sus amigos – Y el muchacho podrá así aprender cómo usar un mosquete. Supongo que al rey le debe gustar la cacería como a cualquier otro hombre. Yo si tuviera esas extensiones de tierra viviría cazando.

-No Porthos, nada de caza. Phillippe tiene sus responsabilidades y las debe cumplir al igual que todos nosotros ¿Entiendes? Hoy no la caza no está incluida en la lista deberes – Aramis le contesto a su amigo de la toda la vida dando un pequeño golpe en la mesa.  El religioso querida dejar en claro una cosa, no estaban ahí para estar jugando ó hacer las cosas que hacían cuando eran jóvenes. Ahora no había tiempo para perder lo que significaba las ideas de Porthos eran bienvenidas en aquel momento.

-Algún día te darás cuenta que no haz disfrutado para nada tu vida Aramis. Siempre es igual, que la iglesia, que esto, que lo otro, nunca tienes tiempo para... - Porthos comenzó a murmurar cosas de manera muy baja, tanto que ni siquiera se le entendía del todo bien.

Él obelix del grupo se encontraba bastante molesto con el obispo, no solo por arruinarle su día de cacería sino porque no lo había dejado acabar con su vida.

El obispo se levantó de la mesa mirando a Porthos y luego al Conde, él sabía que sus amigos lo tildarían de loco, pero él a diferencia de ellos no quería ensuciar sus manos con sangre. No quería que aquel secreto que había cuidado por tantos años saliera a la luz sin razón alguna. Un error y el plan en el que había trabajado años se irían en vano.

Ahora todos ellos debían luchar por Francia, volver aquel tiempo en el que eran jóvenes. El señor de Vannes sabía que  ahí con él estaban esos hombres que tanto habían hecho por la casa real desde su juventud. Si ellos se unían nada podía salir mal, hasta ahora nunca nada había salido mal. Habían estado cerca de la muerte pero siempre terminaban adornando sus cabezas con los laureles de la gloria.

Pero había algo que impulsaba tanto a la perfección. Su plan no debía ni podía salir mal porque eso significaría la muerte de todos aquellos.

Aramis miró la cara del muchacho y entendió que su carácter lo estaba asustando. Esto no sería nada bueno si asustaba a la pieza principal en su juego de ajedrez. No debía asustar al futuro soberano sino el plan no funcionaría.

-Tendremos tiempo de cazar y de disfrutar de nuestras vidas cuando todo esto haya terminado. Tanto Phillippe, el pueblo francés y nosotros estemos mejor podremos todos hacer de nuestro tiempo libre lo que deseemos mientras tanto no debemos perder ni un segundo – Aramis miró a Athos por unos segundos antes de volver a mirar al joven príncipe – Phillippe hoy empezaras equitación conmigo. – comunico el obispo en tono amable

-Es mejor que comience con la espada y yo podría enseñarle...

El obispo y el Conde cruzaron miradas mientras que Porthos y Phillipe no entendían demasiado bien de que iba la conversación de aquellos caballeros.

-No Athos, le enseñaré primero a Phillippe a montar  y si luego tú quieres le puedes enseñar a usar la espada.  Es muy importante que sepa montar con destreza, todo el mundo sabe Luis es un excelente jinete, tiene una manera magnífica de montar.  Es muy probable que Phillippe tenga que montar delante de todos y se darán cuenta. El primero en sospechar será D'artagnan. - el obispo intentaba verse calmado pero la sangre comenzaba amotinarse

-No puedo creer que seas tan ciego Aramis – el Conde se paró del asiento con mucho ímpetu. Y se colocó frente al obispo para poder mirarlo a los ojos con aquella seguridad que solo el conde tenía - Sera que tú, gran señor, no piensas en que podemos fallar pero ¿Qué pasa si fallamos? ¿Lo has pensando solo por un segundo? ¿Qué pasará si Phillippe tiene que usar una espada en un momento tan crítico? – Athos levanto levemente una de sus cejas  

Se hizo un silencio, un profundo silencio entre los dos amigos que se limitaban a mirarse.

Si fallamos, lo más útil para él será usar una espada y no aprender a montar que es mucho más fácil. Tú sabes Aramis cuando huyes montar es como correr, te sale solo por la adrenalina del momento. Alguno de nosotros podrá llevarlo consigo pero no es lo mismo defender a uno que no sabe a otro que más o menos sabe  - el señor Du-Vallon paso su dedo por el borde la boca del vaso.

-Me temó que Porthos tiene razón, si fallamos será más fácil defenderlo si él mismo sabe usar una espada de lo contrario nos traerá más problemas. No todo somos buenos espadachines a buenas y primeras  – dijo Athos mirando a Aramis con sus ojos llenos de compasión. Dudaba que el príncipe fuera tan habiloso como lo era Raúl ó como lo era D’artagnan en aquella tiempos.

El conde miró a Phillippe. Los recuerdos inundaban su mente nuevamente. Sentía lástima por un lado, era tan joven y su vida ya estaba envuelta en un plan que conducía a la muerte sino salía bien. Athos había notado que Phillippe no era amigo de las armas, así que el ex mosquetero podía deducir que todo aquello no le hacía ni la menor gracia.

Tranquilo joven amigo, si algo malo ocurre nosotros te defenderemos con nuestras vidas - Porthos le sonrió a Phillippe para darle confianza

-Gracias señor – el muchacho movió levemente la cabeza.

Aramis vio aquella escena y se dio por vencido, debería cambiar su organización para no ser criticado nuevamente por el Conde ó el señor Du-Vallon, porque hasta Porthos se había dado cuenta de una falla del plan, además no quería quedar como el malo en todo aquel plan así que se limitó a dar un suspiro y mirar a sus amigos con total resignación.

-Bien, está bien han ganado vosotros pero luego de que Phillippe termine con la clase de esgrima deberá ir a los establos porque lo estaré esperando, hoy mismo comencemos con equitación de todas maneras. – dijo resignado el hombre
-Entendido señor obispo.

Athos miró triunfal a Phillippe e hizo un pequeño movimiento con la cabeza para que el joven monarca entendiera que debía seguirlo.

Así ambos hombres abandonaron la habitación dejando a solas a Porthos y Aramis.
El más grande de los dos amigos se acercó un poco más al señor de los cielos y lo miro con una tímida sonrisa.

-Todo muy lindo Aramis, pero no has dejado que me mate ni tampoco puedo entretenerme con tus….- hizo una pausa buscando la mejor manera de poder continuar - ... con las muchachas en horario de trabajo así que dime una cosa por favor querido amigo ¿En qué les soy útil? – el gran obelix se dio la vuelta para poder al clérigo

El obispo miró a su mejor amigo y colocó una de sus manos sobre el hombro de este.

-Tú serás el que le enseña a usar el mosquete, eres el mejor tirador así estés pasado de copas y lo sabes. – Aramis le sonrió amigablemente al hombre y luego se alejó un poco -  ahora con tu permiso debo ir a reformular nuestros deberes – dijo Aramis comenzando a caminar en dirección a la salida de la habitación hasta que llego a la puerta y miro al obelix – Porthos entretienete sin distraer a mi gente por favor. Por lo menos no en horario laboral.

Mientras tanto en el Palacio real, el nuevo día para el rey sol no había sido demasiado brillante, y eso era debido a que las nubes de una próxima tormenta comenzaban apoderarse de su reino. Aquello no le gustaba para nada a Luis XIV acostumbrado a que todo brillará a su alrededor. Pero ahora que aquella nube interfería en su día estaba muy molesto. ¿Cómo era posible que la gente hiciera lo que quisiera en su corte y no le pidiera permiso? ¿Cómo podían irse y no avisarles? Él era el rey y estas situaciones no podían pasar. No importaba quien fuera, todos debían pedirle el mismo permiso.

-Explíquenmelo ¿Cómo es posible que no sepan dónde está mi capitán de mosqueteros? ¿A caso es que estoy rodeado de inútiles? – Luis le tiró a uno de sus consejeros una carta antes de dejarse  caer en la silla del comedor. Su voz estaba al borde la euforia e histeria.

En aquel preciso instante entraba la reina madre a la gran sala. En aquel lugar ya se encontraba la esposa de su hijo, María Teresa, un par de asesores reales de los cuales se destacaba Colbert y el superintendente Fouquet

Ana de Austria al ver la cara de su hijo pudo deducir que algo malo estaba pasando. Luis siempre había tenido aquel carácter tan característico, pero empeoraba cuando las situaciones  y la gente se les escapaban de las manos. Los ataques coléricos de Luis XIV eran conocidos por toda Europa.

-¿Qué es lo que ocurre majestad? – la reina madre miró a su hijo Luis antes de ocupar su lugar en la mesa real. La mirada del joven monarca no le había gustado para nada. Una mirada totalmente agresiva y casi turnia

El soberano se tomó un segundo para mirar a todos los que se encontraban a su alrededor antes de tensar su mandíbula y controlarse para poder así contestarle a su madre.

-¿Qué es lo que ocurre? ¿Ustedes han escuchado a mi madre? – Luis miró a Colbert y a Fouquet antes de volver a mirar a Ana de Austria – Lo que me ocurre madre es muy simple. Uno de nuestros queridos servidores se ha marchado del palacio en plena noche y como estoy rodeado de inútiles no saben dónde está – Luis XIV hizo una pausa y se tomó la barbilla para simular que pensaba - ¿Le parece poco para que yo no me enoje? ¿Usted ve lo incompetente que es mi gente? Encima he perdido mi total autoridad para estos hombres – Luis apretó una de sus manos.
La reina intentaba seguir las palabras del monarca pero por más que su cabeza pensaba no hallaba el nombre de quien podría ser aquel servidor de la corte. Para que Luis XIV estuviese así de molesto debía ser alguien muy importante.

 Ana de Austria disimuladamente comenzó observar con atención la sala y se dio cuenta rápidamente que D'artagnan no estaba allí sino que se encontraba el lugarteniente Andre en su lugar.
La reina madre fijo su vista hacia los consejeros reales pero no podía hacer nada contra las palabras de Luis. Nunca había podido hacer nada contra su hijo y en aquellos momentos algo le decía que sabía a la perfección quién era el causante de la furia de su hijo y temía por la vida de aquel hombre.

-¿Y su majestad sería tan amable de decirme quien es aquel buen servidor que nos ha abandonado sin explicación alguna? – Ana de Austria con toda la elegancia que poseía miro de reojo a su hijo mientras que este se acomodaba aún más en su asiento.

Estaba demasiado molesto como para estar sentando a la perfección como el protocolo lo demandaba. Pero debía estarlo para que luego la gente no digiera que era un rey gobernado por sus emociones. Tonterías que decía la gente según Luis.

- Por supuesto madre, quien nos ha abandonado a mitad de la noche ha sido nuestro tan leal capitán de los mosqueteros. – El joven soberano hizo una pausa - D'artagnan se atrevió marcharse sin decir nada y nadie sabe el porqué, ni siquiera su mano derecha - Luis no aguanto más el estar sentando y se paróMi ex capitán de los mosqueteros se dio a la fuga en la mitad de la noche y nadie lo vio, nadie le pregunto nada. Nadie nada. Él único que siempre sabía todo se fue, y todos estos no son capaces de darme una explicación. 

La mirada del monarca era colérica y todos en aquella sala estaban esperando a que comenzaran a rodar cabezas. Era sabido que Luis XIV era muy rápido con sus corajes y cuando comenzaba a gritar comenzaban a rodar las cabezas de sus hombres más allegados. No importaba si eran importante o no para el reino. Si eran leales o no. Simplemente en un segundo podían perder la vida solo por el enojo del rey.

-Pero no puede ser posible lo que te han dicho hijo. Un hombre tan leal como nuestro querido capitán no pudo haberse dado a la fuga porque si – Luis miró a su madre arrugando su entrecejo, se podía notar que su cólera iba incrementando cada vez y si alguien lo enfrentaba iba a ser peor.
Ana de Austria conociendo el genio de su hijo dejo la taza con té caliente a un costado y le miró con aire maternal

 Él ha sido un buen servidor, es mosquetero desde que el tiempo en el vuestro padre, viejo rey gobernaba Francia. Seguramente algo importante debió de ocurrirle para tener que asuntarse sin dar explicaciones.

-¿A caso madre lo estas defendiendo? – pregunto el soberano escupiendo prácticamente las palabras de su boca.

-Más de una vez el caballero D'artagnan ha salvado vuestra vida hijo. Usted no debe cegarse por los sentimientos del momento. – intento excusar la reina al mosquetero

-Lo sé madre, me ha salvado la vida pero es su deber como mi servidor el de salvarme la vida, yo no le debo nada a cambio. D’artagnan es un hombre que hace bien su oficio pero no puedo perdonarle esto, no cuando estoy seguro que se ha ido con él traidor de su amigo el Conde de la Fere. Estoy seguro que nuestro capitán está allá en las tierras de Blois – Luis miró al lugarteniente Andre y se acercó a él – Manda a tus mosqueteros a las tierras del Conde de La Fere, quiero que me traigas a ambos hombres, están los dos acusados de alta traición 

La reina madre cerró los ojos, por lo menos Luis no había mandado a matar a D'artagnan. Ella estaba segura que el mosquetero apenas tuviera la oportunidad de hablar con el joven monarca le perdonaría la vida.

-Magnifica decisión majestad – habló Colbert dibujando una sonrisa llena de maldad en sus labios

El lugarteniente Andre al igual que la reina Ana de Austria miraron a Colbert de mala manera. Ambos estaban molestos con él rey por la orden que había dado, D’artagnan no se merecía pasar por la humillación de un arresto.

El comentario del ministro no había hecho más que incomodar más a todos en aquella sala.
-Majestad por aquel recuerdo a su padre y a lo bien que le ha servido el señor D'artagnan le pido que piense sobre el arresto. – la reina madre alzo su voz intentando sonar sin ningún tipo de sentimientos. Ella era una reina y no podía suplicar por nadie, menos por un simple servidor.

Luis se quedó en silencio por unos  cuantos minutos, había llevado uno de sus dedos a sus labios. Estaba molesto con D'artagnan por haberse ido detrás de sus amigos, porque seguramente y estaba más que seguro que el mosquetero se había escapado en mitad de la noche para ir en busca de aquellos tres hombres. Luis XIV se encontraba en una encrucijada  no podía perder a uno de sus hombres más valiosos pero no quería quedar tan benévolo ante todos. No podía mostrar su preferencia hacia aquel hombre.

 Como era lo que lo necesitaba a su lado que hacía ya dos años que le negaba el título de mariscal solo por el hecho de retenerlo y que estuviera cuidándole las espaldas

-Andre, trae al Conde y al capitán como os he pedido pero no les digáis nada sobre el arresto. Si nada tienen que ocultar estoy seguro que ambos estarán aquí sin resistencia, sino y me equivoco sólo vendrá el señor D'artagnan.

El teniente de mosqueteros miró al monarca un tanto sorprendido, estaba feliz de no tener que humillar así a su capitán pero oculto la sonrisa mordiéndose el bigote, algo que había aprendido observando a D’artagnan.

El lugarteniente movió la cabeza haciendo una leve reverencia a su majestad el rey y luego con cuidado hizo lo mismo con ambas las reinas, aunque sin ocultarlo intento agradecerle con la mirada a Ana de Austria. No sabía bien por qué pero ella le había salvado la vida a su héroe y no podía quedarse sin darle las gracias.

 Andre se giró sobre los talones y aunque a él no le gustará debía de ir detrás de su capitán no iba arrestarlo pero si ponerlos de sobre aviso. Andre respetaba demasiado a D'artagnan y aquellas leyendas como para poder poner una de sus manos y arrestarlos por traidores. Había crecido con aquellas historias, con esa imagen del mosquetero que quería ser. No podía traicionar a su corazón, Andre sabía que ellos no traidores.

Saint-German así se llamaba el lugar en donde se encontraban los ex mosqueteros entrenando al joven y futuro monarca Phillippe.

En aquel lugar estaban aquellos cuatro hombres reunidos en una de las habitaciones que daban a la entrada principal de la estancia. Los hombres estaban muy atentos a mirando a obispo, quien se encontraba enseñándoles un papel.

-Como les decía, tenemos tres semanas para poder convertir a Phillippe en todo un rey. Solo tres semanas hasta que Luis de aquel baile en el palacio de Vaux y podamos hacer el intercambio.

Athos dio unos cuantos pasos por la habitación, mientras que Phillippe tomaba asiento en la mesa cerca de clérigo. El entrenamiento con el Conde y el obispo lo habían dejado muy cansado y por lo que podía escuchar aún su día no terminaba. Sino había entendido mal, le quedaba el día de hoy y tres semanas más de entrenamiento. Era todo un mundo nuevo para él y comenzaba a sentir el temor de no ser lo suficiente bueno como para ocupar el lugar de un rey.

-Yo sigo pensando Aramis que tenemos poco tiempo para convertir a Phillippe en Luis. El muchacho es solo un niño, ha vivido casi toda su vida dentro de una máscara y no podrá ser Luis en tres semanas. El rey tiene una soberbia que dudo que haya algún ser humano capas de poseer, Luis es un ser tan egoísta. – Athos se cruzó de brazos y dejo de mirar al muchacho.

Porthos vio las miradas entre sus dos amigos, estaban a punto de discutir nuevamente el asunto de los reyes, el entrenamiento y que debía hacer ó no Phillippe. A decir verdad el señor Du-Vallon ya estaba cansado de escucharlo a los dos y no iba aguantar otras tres semanas escuchando a su amigos como dos viejos amargados peleando por cualquier cosa, si era verdad que estaban en una misión importante pero no podían pelearse por cualquier cosa.

- Yo sigo creyendo que hoy es un hermoso día, podríamos dejar los entrenamientos hasta aquí solo por hoy y salir los cuatro, podríamos disfrutar de un día cazando – Porthos hablo de manera jovial mostrando una sonrisa genuina en sus labios. Tan genuina que hizo que Phillippe se sonriera junto a él.

Porthos no era tonto, se hacia el tonto así que si no le contestaban era porque nuevamente su idea había sido rechazada.

 El gran señor se acercó a la ventana y la abrió para que entrara aire. Necesitaba tomar aire pero no contaba con que su vista fuera atrapada por la figura de un jinete que estaba arribando a la estancia a toda prisa. A pesar de que había señoritas trabajando a Porthos la figura del hombre montado en un caballo blanco había llamado toda su atención

  Aramis ¿Esperas a alguien? 

El obispo dejo de mirar al Conde con a quien tenía una conversación de miradas que iban y otras que volvían para acercarse a la ventana colocándose al lado de su mejor amigo y así poder observar mejor.

El hombre en cuestión vestía totalmente de negro y su sombrero de ala ancha le tapaba todo el rostro, lo que dificultaba que alguno de los hombres pudiera reconocerlo a simple vista.

-Si no fuera porque parece que este es el lugar que busca diría que es un forastero – observo Porthos muy pensativo

-Realmente no sé quién puede ser, esto es muy raro nadie más que nosotros y los de mi orden saben de este lugar y ese hombre les puedo asegurar que no es un jesuita – Aramis agudizando su vista inclinándose un poco más pero no logro nada con ello.

El obispo se giró un poco para mirar a Athos, quien también estaba mirando al misterioso hombre de negro por arriba del hombro de su amigo. Sus ojos rápidamente se llenaron de cierto recelo y Aramis se dio cuenta que sin duda el Conde había reconocido al misterioso jinete

-Debe ser algo muy importante para que él esté aquí, se nota por su caballo que ha venido desde Paris sin tomar ningún respiro.

Todos los presentes en la sala incluidos Phillippe miraron asombrados a Athos, primero sin comprender pero a los segundos estaban todos al vano de la ventana mirando al mosquetero quién desde su posición no sabía que era observado.

-¿Tú crees que sea él? –Porthos miro a Athos y este movió la cabeza.

-No puede haber otro que monte así, es él – el Conde se alejó de la ventana para dar lugar a Phillippe quien parecía muy ansioso de poder ver bien aquel hombre que había llamado la atención de sus tutores.

-Parece ser que él es un buen jinete – dijo el muchacho mientras veía como el mosquetero bajaba de su caballo con mucha agilidad y elegancia.

-Sin duda es uno de los mejores jinetes de toda Francia y además siempre tiene de los mejores caballos que se puedan comprar – Porthos miro a Aramis – Yo diría que es mejor que tú

El mosquetero luego de haberse bajado de su caballo, se olvidó completamente del aunque el animal estaba al borde  desplomar en cualquier momento pero para D'artagnan eso no era importante, él estaba muy preocupado por encontrar al obispo que lo que le pudiera pasar a caballo pasaba a un segundo plano.

Camino varios pasos hasta que al pasar por el lado de una joven de pelo rubio y ojos claros se frenó y se quitó el sombrero

-Buenas tardes, ando buscando al señor obispo de Vannes ¿Sabe usted si él se encuentra aquí? – D'artagnan miró a la muchacha la cual parecía que no sabía demasiado bien si responder aquella pregunta ó no. El mosquetero al ver la duda en el rostro de la joven y siendo rápido de ideas, se le acerco y tocó con delicadeza el brazo de la joven – Por favor es urgente que lo encuentre
La muchacha miró los ojos verdeazulados del hombre, aquella mirada desesperada hizo que ella cediera. No se veía ningún tipo de maldad en aquel hombre de negro.

-Si caballero, él señor se encuentra aquí 

El mosquetero movió la cabeza mostrando el agradecimiento en los ojos, estaba por hablarle nuevamente a la chica cuando sintió unos pasos que venían hacia él. Al mover la cabeza hacia los pasos pudo ver que detrás de la joven aparecía el dueño de la residencia vestido como todo un campesino. D'artagnan no estaba acostumbrado a ver a Aramis sin su traje de obispo pero se sentía realmente feliz  haberlo encontrado.

-Es urgente que hable contigo amigo mío – el mosquetero se acercó a Aramis y miro hacia todos lados

-¿Te ha mandado el rey? – Pregunto el obispo inspeccionando las facciones de su amigo y este negó con la cabeza - ¿Entonces qué haces aquí sino vienes por el rey?

D'artagnan tomo el brazo del cura para poder alejarse lo más que podía de  la gente que se encontraba allí. No sabía con que se podía encontrar ni tampoco que podía decir en voz alta ó no. Aramis por su parte puso cierto grado de resistencia y dio a entender con aquel movimiento al mosquetero que podía hablar libremente.

-No me ha mandado el rey, no vengo como enemigo Aramis. Yo.... – el gascón suspiro y se acercó al oído de su amigo para poder sentirse más cómodo. Habían muchos oídos y se sentía demasiado observado – Creo saber sobre tu plan y estoy seguro que tienes a Phillippe aquí.

El obispo se separó levemente del mosquetero mirándolo perplejo. Sabía que el mosquetero era muy rápido pero nunca creyó que D'artagnan descubriría todo con tanta rapidez.

-El rey no sabe que estoy aquí Aramis – el mosquetero levanto la vista encontrándose vigilado por los ojos de Athos y Porthos, pero lo que le había llamado la atención era que detrás de ellos había alguien más.
Seguramente se trataba de "él”, pensó el mosquetero sonriéndose de costado. Aunque intentaba ver por detrás del cuerpo de sus amigos, su visión no era muy buena debido a que su altura ni la posición contaban a su favor.

D'artagnan volvió a bajar la vista y miró a Aramis, quién seguía mentalmente uniendo cabos sueltos para poder lograr saber el verdadero motivo del porqué el mosquetero había descubierto su plan con tanta facilidad.
El gascón mucho más rápido que el obispo, colocó una de sus manos sobre los hombros del clérigo y dijo.

- Todos para uno y uno para todos.